GIMNASIA

Gervasio Deferr: "Llegué a sentirme harto de estar vivo"

El exgimnasta (Premià de Mar, 41 años) se desnuda en 'El gran salto' para mostrar que "no todo es color de oro cuando ganas". Se ahogó en alcohol, pero ya flota.

Madrid
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Un genio con dos oros olímpicos en salto (Sídney 2000 y Atenas 2004), una plata en suelo (Pekín 2008). Un positivo por cannabis en 2002. Un estigma con el que cargó toda su vida. Veinticinco años preparándose para ser campeón, pero no para la retirada. Afters, alcohol, speed, cocaína... Una carrera frenética que Gervasio Deferr supo parar pidiendo ayuda.

-¿Quién es usted ahora Gervasio Deferr o Gervi?

-Todavía hay resquicios de Gervasio Deferr, pero trato cada día de ser más Gervi y dejar el pasado atrás. Han pasado 14 años de mis últimos Juegos y no puedo estar viviendo de aquello... Han pasado muchas cosas. La gente conocía el brillo de las medallas pero no el después. Cuando me retiré ya pensé en escribir un libro. Ahora he entendido que el momento correcto era este.

-Dice que ha sido "la última gran terapia, la definitiva".

-Está siendo una catarsis. He escarbado muy profundo en mi corazón. Las entrevistas son una parte pequeña, pero tras el libro hay diez meses de reuniones, dos veces por semanas durante cinco horas. Ha sido muy duro y difícil, pero también necesario para alzar la voz y comprometerme con todo el mundo. Que se sepa que no todo es de color oro ni siquiera cuando ganas.

-Su madre le decía: "Hijo, que ágil eres en el aire con lo torpe que eres en el suelo". ¿Siempre ha vivido mejor en las alturas?

-Me he manejado mejor en el aire, era mi medio natural, lo terrestre me cuesta más entenderlo. En el suelo me he equivocado muchas veces...

-Vamos con el principio. Hijo de emigrantes argentinos que se separan. Un chico sensible que ya con siete años se topa con entrenadores que le golpean en las piernas para que las apriete o que le dicen que no vuelva al gimnasio por llegar tarde. ¿Se tuvo que convertir en un killer?

-La gimnasia es muy, muy dura. Yo entré por casualidad con cinco años y era divertido. Mi primera entrenadora me trataba con todo el cariño, pero cuando paso a la Federación Catalana (en La Foixarda, con cinco años), el método es dictatorial y soviético. Me di cuenta de que tenía que ir matando al niño pequeño para hacerme un sitio en la jungla. Tu objetivo es ver cómo caen los demás.

-A Sídney 2000 llega para ganar una medalla en suelo, falla, y a los pocos días se supera con un oro en salto. ¿Qué experimenta?

-Tuve la mala suerte de fallar, pero la buena de que tenía ocho días por delante. Lloré tres y preparé el salto. Al final no me fui satisfecho pero sí contento.

"Tuve un año en el que me creía Dios, pero las hostias te devuelven a la realidad"

Gervasio Deferr

-¿La vanidad le pudo?

-¡Claro! Cuando llevas diciendo desde los 11 años que vas a ser campeón olímpico y lo logras a la primera, es difícil de gestionar. Tenía 19 años. Llegó la fama, el dinero, el resto del mundo que te dice que eres muy bueno... Tuve un año en el que me creía Dios y no tocaba el suelo. Me duró poco. Las hostias te devuelven a la realidad.

-Y sufre una grave lesión, comienza a fumar porros y llega un positivo en 2002 por cannabis que le hunde... "Mi mundo pasa a ser Ainhoa (su pareja), mis perros y la noche de Viladecans, no quiero saber nada fuera de ese microcosmos".

-Hasta 2001 estaba volcado solo en la gimnasia, pero sufría muchos dolores de hombros. Me dicen que hay que operar, pero pasa medio año en el que no hago nada. Me voy a vivir con mi hermano, comienzo a fumar y llega el positivo. Ainhoa era una antigua compañera, me fui a vivir con ella y me encerré, sí. Y en Viladecans había afters y podía ir a ellos caminando. Entre la facilidad, la depresión, la incomprensión y que de repente no eres nada se me fue todo de las manos. Pero se cortó cuando pude volver a entrenar. Cuando me retiro es cuando ya no sé cómo cortar.

-Esos porros le costaron no conseguir nunca un patrocinador. ¿El sistema es demasiado duro con los errores?

-Yo pedí perdón porque no sabía que era una sustancia dopante. Quedé señalado de por vida. Le dieron la misma importancia que al primer oro olímpico de la gimnasia.

-La anestesia para mitigar el dolor de la vida la encuentra en el alcohol...

-Sí, gestionaba mal mis emociones y cuando no sabía qué hacer me inundaba en alcohol para parar mi mente. Era la excusa. Ahora, con recursos que me han enseñado, ya no necesito el alcohol cuando tengo un problema. Me hizo falta tiempo para madurar. Estuve hasta los 30 años haciendo gimnasia. Y de los treinta a los cuarenta viví lo que la gente vive de los 15 a los 25. Ahora soy consciente de todo. Me siento fuerte, con más armas.

"Cuando no sabía qué hacer, me inundaba en alcohol. Me decía: hasta que pare el corazón"

Gervasio Deferr

-¿Adónde hubiese llegado sin el alcohol?

-Si hubiese hecho todo lo que un deportista debía hacer podía haber tenido cinco medallas olímpicas... O una. Nunca lo sabré. Igual me hubiese podido la disciplina y hubiese dicho 'basta' antes. Los últimos diez años he sobrevivido. De ahí el libro. No pido una paga de por vida, sino apoyo cuando hace falta.

-Hay deportistas como Jesús Rollán o Blanca Fernández Ochoa que fuera del deporte no supieron ser felices y nos dejaron demasiado pronto. ¿Ahora hay más ayuda en el momento de la retirada?

-¡Y muchos que no sabremos que están en segunda y tercera fila! Mucha gente me escribe estos días agradeciéndome que les de voz. Muchos no han podido superarlo: el Chava, Yago Lamela... Gente que ha sido importante y les abandonamos. Yo me sentí así, pero conseguí pedir ayuda a tiempo. Y sin ayuda no lo habría conseguido. Me habría ido a un pozo sin fondo y no estaría aquí. Debería haber un acompañamiento de las entidades deportivas para no sentir ese vértigo.

-Llegó a empotrarse dos veces con el coche por borracheras y en 2016 tuvo que dejar el CAR de San Cugat, donde era entrenador, porque no se sentía capaz... ¿Su vida corrió peligro?

-Llegué a sentirme harto de estar vivo. Nunca pensé en tirarme por un balcón o pegarme un tiro, pero estaba cansado de vivir y mi manera de desconectar era beber y ponerme hasta el culo. A veces decía 'Empieza y no pares hasta que se pare el corazón'. Todo me ahogaba. Pero en momentos puntuales. Siempre he querido vivir.

-¿Los psicólogos son fundamentales en el deporte de élite?

-Yo trabajé con psicólogos. Es fundamental saber que están ahí. Nunca los necesité para competir, pero mi compañero y hermano Víctor Cano sí. Yo me crecía compitiendo. Pero la separación de mis padres con 12 años me costó superarla y recurrí a esa ayuda, y por los estudios. No quería dejarlos, pero no daba abasto y me jodió tener que abandonarlos. Ellos me hicieron entender que el objetivo era Sídney. Luego los acabé y podría ser universitario. También trabajé en su momento con una experta en adicciones al retirarme. Pero tenía que parar y en el centro de desintoxicación adquirí las herramientas.

-El 14 de febrero de 2017 entra en ese centro. ¿Cómo fueron esos diez meses desnudándose de todo?

-Duros por la batalla interna. Te resistes a estar ahí pero sabes que es la única solución. La disciplina, los horarios, el ejercicio... para mí era facilísimo y me lo echaban en cara porque venía del deporte. No era fácil. Pero tenía un objetivo y trabajé para ello.

-En la gimnasia, sus compañeros le verían como un genio. Se ponía unos meses antes de los Juegos en serio y caían las medallas...

-Ellos, como yo, tenían también claro que sería campeón. Veían algo en mí, como yo en ellos. Pero en la competición gana el killer, el más fuerte de cabeza. Y yo flotaba, estaba en mi hábitat. Sufría muchísimo entrenando y quería mostrar lo que podía hacer.

-Ahora dirige una sala de gimnasia en el barrio de La Mina. Y es feliz.

-El gimnasio no es mío, es del Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs. Hacemos una gran labor social en un barrio marginal, estigmatizado por la droga. Pero no sólo existe eso. Hay muchos proyectos sociales y se aprovechan. Somos un granito de arena. Mi vida cambió por el deporte. Mi familia llegó de Argentina en 1977 con una mano delante y otra detrás y conseguí quitarles carga. Yo intento que en La Mina pase lo mismo. Hay cien alumnos y treinta en lista de espera.

-¿Se ve ahí mucho tiempo o le gustaría volver a entrenar en la élite?

-Tengo 41 años y comencé con 37. Hasta los 50 me veo allí. Si algún día tengo que volver a ser entrenador de la Federación o seleccionador, ya se verá. He encontrado mi lugar y no me quiero mover de Barcelona. Me encantaría que un niño del barrio pudiese llegar al CAR y a unos Juegos.

-¿Por qué se debe leer 'El gran salto'?

-Porque es importante que se conozca también la parte fea, de la que también saco pecho porque la he podido superar. Eran piedras en el camino y le puede ayudar a mucha gente para darse cuenta de que tenemos una fuerza interior que no conocemos. No vale la pena destrozar ninguna vida por el alcohol.