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La delgada línea roja que separa a Fitzmagic de Fitzpaquete

La delgada línea roja que separa a Fitzmagic de Fitzpaquete

Mark Brown

AFP

Un genio, un cachondo mental, un insensato, un tarado o un vidente. Desde hace ya catorce años nadie se pone de acuerdo sobre quién es realmente Ryan Fitzpatrick.

Madrid

En la vida de Ryan Fitzpatrick se puede aplicar perfectamente la mítica frase que popularizó el gran Andrés Montes: “hago lo que quiero, cuando quiero y porque me da la gana”. Pero esta vez no referida a la genialidad de Shaquille O’Neal. En el caso de Fitzpatrick es una frase absolutamente literal.

Siempre me ha dado envidia Fitzpatrick. De verdad. Y eso que en mi trabajo casi siempre me lo he pasado pirata. Pero es que lo de este tipo llega a unos límites obscenos. Fitzpatrick nunca ha jugado con el brazo encogido o acomplejado. Nunca ha hecho lo que debía hacer. Nunca le ha importado lo que se haya podido decir de él bueno o malo. Él salta al emparrillado con el único objetivo de disfrutar hasta las últimas consecuencias. Y en esa ecuación no entran las palabras victoria o derrota.

Licenciado en economía por Harvard, padre de seis hijos, con un coeficiente intelectual privilegiado y una inteligencia prodigiosa, juega a esto como lo hace quien no busca honores, dinero y fama, sino simple y llanamente porque es lo que más le gusta hacer. Y eso, que para él es un lujo, quizá no lo sea tanto para los equipos en los que ha militado. Nada menos que siete en catorce años como profesional. Cifras de mercenario absoluto en el museo de pesas y medidas.

Esa forma de jugar, de ver la vida, de reírse de todo y de todos mientras se mueve en un plano diferente de la existencia, le convierten en un tipo tremendamente atractivo. Casi hipnótico. Él no hace el ‘quarterback slide’, él arremete con los cuernos o saltando como un saltimbanqui al grito de “yo no le temo a la muerte”. Y claro, demasiadas veces se levanta del suelo con los pelos de la barba de punta y preguntándose dónde había aparcado el coche, “que no lo encuentro”, mientras la grada ruge encantada.

Un cachondo mental

Esa actitud, un porte inconfundible de leñador de las rocosas y su capacidad para hacer cosas divertidas siempre en el momento justo se ha ganado el corazón de todos los aficionados. Perdón, todos no, los seguidores de los equipos en los que ha sido titular no le tienen tanta simpatía. Lo que al principio hace gracia poco a poco ya no mola tanto y al final exaspera. Porque de la misma manera que puede lanzar cuatro pases de touchdowns como quien se come un donut, Fitzpatrick lanza cuatro intercepciones, se va a la banda y no se fuma un puro porque está prohibido. Su capacidad para hacer jugadas geniales no se reduce a las buenas; se extiende también a las malas. Así que puede lanzarte un pase genial completo y también una intercepción genial. Sí, genial. De esas que dan la vuelta al globo terráqueo. Para bien o para mal, Fitzpatrick no pasa desapercibido.

Por eso tiene dos caras. Ryan es capaz de ser Fitzmagic y Fitzpaquete al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto para romper el principio de no contradicción, el alfa y omega de la filosofía. Solo hay que verle lanzar un pase. Casi siempre a la remanguillé, con los dos pies por delante y en el aire, la cintura torcida y el globo terráqueo corrigiendo su trayectoria para intentar sostenerle y evitar una caída fatídica. Cuando el balón sale de su mano solo cabe contener el aliento y rezar, porque puede llegar a cualquier destino del planeta por mucho que él tenga la fuerza justa para alcanzar ninguna parte y necesite descoyuntarse para llegar más allá.

Y claro, cuando el balón aterriza en su destino, que todavía está por llegar el día en que alguien sepa cuál demonios pueda llegar a ser, todos nos llevamos las manos a la cabeza y gritamos: ¡Halaaaaaaaa! ¡Halaaaaaaa! Lo que no significa que haya sido un pase bueno o malo, sino todo lo contrario. Y solo coincidiremos en que no se puede describir.

¡Vaya lío se avecina!

Así es Ryan Fitzpatrick, un quarterback de la NFL convertido en oso de peluche al que la mayoría quiere abrazar y otros muchos despedazar. Una barba unida a un tipo de vuelta. Un problema monumental para unos Buccaneers que, por fin, y gracias a él, vuelven a estar en el mapa de la NFL como equipo sorpresa del arranque de la temporada, pero que dentro de una semana tendrán el dilema de seguir dejando las llaves del coche en sus manos con todos los riesgos que eso conlleva, o devolvérselas a Jameis Winston, que sin duda es mucho menos sexy.

Dirk Koetter tiene por delante un dilema morrocotudo. Por un lado tiene un quarterback que después de tres temporadas en la NFL no ha justificado haber sido elegido como pick número 1 del draft de 2015, que provoca bostezos en la banda, es receta infalible contra el insomnio y está cumpliendo tres partidos de sanción por acoso sexual a una conductora de Uber a la que presuntamente llegó a tocar de forma inapropiada y agresiva. Para colmo de males, la víctima le ha demandado el pasado martes. Por otro lado tiene a un cachondo mental elegido en séptima ronda del draft de 2005, de vuelta de casi todo, que lo mismo le hace un lío al rival que se lo hace a su equipo, pero que ha puesto a Tampa en el mapa, tiene al vestuario encantado y a sus compañeros pidiendo que siga jugando, vende entradas, está subido en la ola buena y hasta ha conseguido algo imposible: que los seguidores de la NFL elijan ver el partido de los Buccaneers en un menú de lleno de delicatesen. Algo que no ocurrió ni cuando ganaron el anillo. ¡Si hasta venden camisetas! …de Fitzpatrick.

La clave del dilema llegará el próximo lunes cuando se enfrenten a unos Steelers que aún no han entrado en la unidad de cuidados intensivos pero sí necesitan respiración asistida. Con Antonio Brown pasando de ir a entrenar, LeVeon Bell pasando de ir a jugar y todo el vestuario convertido en jaula de grillos (¡FIRE TOMLIN!). Como a la tercera no sea la vencida, y a Ryan le dé por seguir siendo Fitzmagic, vuelva a lanzar pases completos allí a lo lejos mientras hace el salto de la rana y mira al otro lado del campo, todos estaremos de suerte. Para bien o para mal seguiremos pasándolo bomba.

Otra cosa será que al final de temporada los seguidores de Tampa le aten al cañón del barco pirata de la grada y disparen sin piedad, pero eso yo tampoco me lo pierdo. Eso sí, Ryan, por favor, esta vez no te cortes la barba. Recuerda cómo terminó la cosa la última vez que lo hiciste… porque te picaba.

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