RÍO 2016 | MARI PAZ COROMINAS

“En México 68 estuvimos dos mujeres y 122 hombres”

La primera española que nadó una final olímpica, “alucina” con la progresión del deporte femenino. “Gracias a Dios, ya no llama la atención que una mujer haga deporte”, dice la finalista en México 68.

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“En México 68 estuvimos dos mujeres y 122 hombres”
Rodolfo Molina

¿Qué hace ahora Mari Paz Corominas, primera finalista olímpica de la historia del deporte español?

—Pues empezaré por mi edad: Tengo 64 años, tres hijos, seis nietos, uno de los cuales repite en estos momentos todo lo que le estoy contando, y aparte de esto, a nivel profesional cuando dejé de nadar estudié económicas, trabajé de economista bastantes años y actualmente soy freelance y trabajo como autónoma. Siempre en el ámbito del sector sanitario en organización de clínicas.

—¿Sigue vinculada al deporte de alguna manera?

—Siempre he seguido nadando con más o menos intensidad dependiendo de la época de la vida que me encontrara. Curiosamente, ahora nado más que anteriormente, nado en un grupo que hacemos travesías.

—¿Lo hacen en mar abierto? ­

—Sí. Marnatones, que les llaman, pero no se crea. No hago muchas. Un par al año.

—Eso es duro...

—Es tela marinera, pero voy con la calma. Además sigo entrenándome: dos días a la semana a las 8 de la mañana me tiro a la piscina y hago una hora de natación. Eso me ayuda a mantenerme física y mentalmente, que es lo mejor del deporte.

—Humílleme, ¿cuántos metros nada en una hora?

—2.500 o 2.800 metros máximo. A mí siempre me gustó el deporte. Además voy a esquiar cuando hay nieve, que cada vez es más difícil de encontrar, y juego a golf con mi marido.

—¿Cómo se inició en el deporte?

—Uffff, hace tantos años que ni me acuerdo.

—No será tanto...

—En el deporte escolar, yo iba a una escuela moderna entre comillas, que no tenía piscina, pero alquilaban una de las de Montjuic y de mayo a junio hacíamos un cursillo. En el concurso de fin de curso destaqué mucho. Vamos, más que mucho, muchísimo y llamé la atención del monitor, que habló con la familia. Mi padre, que era empresario textil de Sabadell, habló con el Club Natació Sabadell, que ya entonces tenía una organización importante con técnicos extranjeros y entré allí.

—¿Y cambió su vida?

—No entrenaba con la intensidad de las de ahora: iba tres días por semana, pero el primer año quedé cuarta de España y al verano siguiente campeona de España.

—Usted tenía por entonces...

—Doce años. Piense que mi vida deportiva fue muy corta. Me retiré a los 18.

—¿Y eso?

—Yo empecé con los Juegos de Tokio y nadé hasta el 70. Seis años cortos y rápidos, nada que ver con lo que pasa ahora. Los tiempos eran absolutamente diferentes.

—¿Era normal que una chica de esa época y a esa edad hiciera deporte de alta competición?

—Mire, en los Juegos Olímpicos de México 68 participamos por España dos mujeres: Pilar von Carstenn, nadadora madrileña, yo y 122 hombres. ¡Éramos el 1,75% de la delegación! A Tokio cuatro años antes había ido por lo menos el equipo de gimnasia femenina, pero a México fuimos sólo dos y mira ahora lo que están logrando.

—¿Cómo se sentían Von Carstenn y usted en ese ambiente de expedición?

—Especiales por fuerza. Ahora las mujeres lideran los triunfos y son el 46% de la participación olímpica española. Gracias a Dios ha cambiado mucho y no hay prejuicios para que las mujeres entrenen fuerte y entrenen bien. Cuando vi el otro día a Lydia Valentín levantando pesas pensé que se había superado una barrera. No tiene por qué llamar la atención una mujer haciendo deporte, pero antes no estaba bien visto.

—¿Quiere decir que le pusieron problemas?

—Las amigas le decían a mi madre que no me dejara hacer deporte de elite porque me iba a masculinizar el cuerpo. “La niña se desarrollará demasiado y cogerá mal tipo”, le decían. Pero tenía facilidad y continué, pero éramos cuatro en competición, no era lo normal ni mucho menos.

—¿Cómo recuerda ser la primera finalista de la natación española?

—Pues fue gracias a la buena planificación de la Federación. Los entrenadores nos llevaron un mes antes de competir a México para adaptarnos a la altura y eso nos benefició mucho porque otras grandes nadadoras del momento no lo hicieron y les perjudicó. Yo no estaba en el ránking de las 8 mejores marcas de mi especialidad antes de los Juegos, la mejor era sin duda la francesa Christine Caron, que luego acabó pilotando coches de Rally. Pues bien, Caron llegó a México con poco tiempo, no se adaptó a la altura y la gané. Fue por la adaptación, pero eso es un hito y nadie me lo va a quitar.

—¿Cómo lo hacía para alternar los estudios y el deporte?

—En México no había problema. Yo era muy jovencita, tenía 16 años, la edad con la que ahora baten récords del mundo.

—¿Dejó el deporte por no poder compaginarlo con los estudios?

—Hice la selectividad y empecé la universidad y vi que no podía compaginar estudios y deporte. Nadie se ocupó de mí y no me dieron facilidades para estudiar y competir. Fue entonces cuando Santiago Esteva, que era también del Sabadell y estaba en la Universidad de Bloomington en Indiana, me dijo que fuera para allí. Y a los 18 decidí que era mi último año.

—¡Qué madurez!

—Nadie me daba nada por nadar y prefería estudiar, pedí una beca y no me la dieron, pero en cuanto lo dejé sí que se empezaron a preocupar. La estancia en Estados Unidos la pagó mi padre. Allí entrené seis meses a tope.

—¿Debía ser otro mundo respecto al CN Sabadell?

—Imagínese. Entrené con el mejor técnico de esa época, que era James Counsilman, un mito. Me entrené con el gran Mark Spitz, no le digo más.

—¿Cómo se adaptó a Indiana?

—Me costó mucho, no tenía ni idea de inglés, apenas cuatro palabras. Me dedicaba a entrenar, tenía 18 años y no veas las lloreras que me pegaba. Además, era febrero en Indiana y hacía un frío terrible. Menos mal que estaba Santi Esteva, que me ayudó horrores. Recuerdo que escribía cartas a casa diciendo que me dolían las piernas, que no podía más y que estaba agotada. ¡Éramos tan pequeñitas! Al lado de las de ahora, diría que disminuidas.

—Pero muy valientes. ¿Cree que sin su ejemplo nada de lo que está pasando ahora con el deporte femenino sucedería?

—No, para nada, qué va. No se puede comparar lo que hacíamos con lo que hacen ahora. Me hago cruces, pero es que en dos años hará 50 que fui a unos Juegos. ¡Cómo pasa el tiempo!

—¿Qué piensa ahora cuando ve a nadadoras como Katie Ledecky o Katinka Hozsu?

—Pues lo primero que pienso es en la cantidad de metros que llevan encima (ríe). Algunas son portentos genéticos, pero otras no, su secreto es entrenamiento, entrenamiento y entrenamiento. Igual Ledecky flota más según cuentan algunos estudios, pero es que tiene 19 años y un entrenamiento bestial. Técnicamente, ha cambiado algo de un tiempo a esta parte, pero siguen batiendo récords continuamente. Es alucinante el trabajo que conlleva eso.

—¿Cuál es la nadadora que más le impresionó?

—Cada Juegos Olímpicos me impresiona una diferente, desde las alemanas del este en su época a Ledecky ahora, pero me quedo con Debbie Meyer, que era como una Ledecky de los años 70. Lo hacía todo de 200 a 800. Abarcaba de la velocidad al fondo, cosa que sólo ha igualado Ledecky. Y Belmonte, claro, que es algo extraordinario.

—¿Cuál es la mejor cualidad de Mireia según su parecer?

—Dejando a un lado que es española y está formada íntegramente aquí, lleva desde los cinco años en el agua con una fuerza de superación brutal y una capacidad mental poco común para admitir el esfuerzo. Es admirable. Porque le advierto que esto de la natación no es que sea duro, es más que sacrificado.

—¿Cómo vivió una chica tan joven unos Juegos tan legendarios como los de México?

—¡Uy! Ahí tuvimos de todo. La matanza de la Plaza de las Tres Culturas, que casi hace que se suspendan los Juegos, la vivimos en directo y nos tuvieron semisecuestrados en la Villa durante tres días. Ya le he dicho que nosotros llegamos muy pronto, casi inauguramos la Villa y, al poco de estar el ejército, mató a todos esos chicos. Fue terrible. Luego vivimos con gran emoción lo del Black Power, el récord de Beamon, la innovación de Fosbury en el salto de altura, que era algo impensable. Esos Juegos fueron la transición del amateurismo a la profesionalidad. Nacieron los Juegos modernos y yo casi no me creo que estuviera allí. Y mira ahora, qué orgullo.