Las 12 medallas de oro del 84

En el verano del 84 la señal de televisión aún no llegaba a la casa de mis padres en Lapamán, una playa de la ría de Pontevedra. Un pico próximo proyectaba una zona de sombra en todo el lugar y amenazaba la retransmisión de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. La diferencia horaria obligaba a madrugar en muchos casos, como en el Baloncesto, nuestra gran opción a medalla con aquel cinco titular que aprendimos de memoria desde el Europeo del año anterior en Francia: Corbalán, Epi, Iturriaga, Jiménez y Martín.

Por esa época una medalla olímpica era algo excepcional. Recuerdo que cuatro años antes, en Moscú 80, conquistamos nuestro primer oro desde tiempos del pleistoceno. Creo que fueron Abascal y Noguer en vela. El que mejor lo definió fue Juan Tomás de Salas en Cambio 16. En la portada de la revista los dos regatistas salían sonrientes en la borda de su velero bajo un titular impactante: 'El oro de Moscú´.

Pero volvamos al 84. España debutaba contra Canada, que jugaba como en casa, como el segundo equipo americano. El partido empezaba a las siete de le mañana. Me levanté una hora antes, cogí la bicicleta de mi hermana Belén, y aún de noche, sin luces ni chaleco reflactante, me lancé a la carretera para ir al pueblo más próximo, Bueu, una villa marinera situada a unos cinco kilómetros. Sólo en el puerto encontré un bar con la luz encendida a aquellas horas. La cantina abría para dar un café y unas gotas de orujo a los pescadores que salían o llegaban de su faena con sus trajes de agua.

Pedí una coca-cola, y cuando a continuación le pregunté al dueño del bar, casi por favor, si podía encender la tele, me miró como quien mira a un marciano. Por entonces solo había dos cadenas, La Primera y la UHF, y ninguna tenía siquiera programación matinal. Imagínense de madrugada.

Cogió el palo de la escoba menando la cabeza y con ella encendió el botón del televisor colocado en lo alto de la pared. Ya estaban en la rueda de calentamiento y sonaba la voz de Héctor Quiroga. El tabernero puso cara de sorpresa y yo me dispuse a apurar a sorbos muy cortos mi coca-cola. No tenía más dinero y el partido iba a ser largo.

Ese año se estrenaban las décimas en los marcadores electrónicos y eso nos tenía algo despistados. Controlamos siempre el partido pero con ventajas muy cortas. En la última acción, y con cuatro de ventaja, nos pitaron falta personal. Quedaba una décima de segundo. El jugador canadiense anotó el primero y falló a posta el segundo para anotar después al hacerse con el rebote. ¡Y todo en una décima de segundo! Antonio Díaz-Miguel desde la banda casi se come a los árbitros.

Al final ganamos por un punto y ese punto fue la clave, porque evitamos el cruce con EEUU en la semifinal, en la que vencimos a Yugoslavia. EEUU era absolutamente intratable, decían. Aunque eran universitarios, sus jugadores tenían ya millonarios contratos profesionales para el año siguiente. Su columna vertebral la formaban Chris Mullin, Michael Jordan y Pat Edwin. El entrenador de Canada dijo antes de jugar contra los americanos que era injusto, que ellos eran mejor que España. Díaz- Miguel, aún mosqueado por aquella décima angustiosa en el debut, le contestó que si eran tan buenos que ganasen a los Estados Unidos y así se verían en la final.

En aquellos Juegos solo habíamos conseguido hasta el momento tres medallas. Hablo siempre de memoria, porque ya sabe Relaño que me parece un deshonor buscar el refugio cómodo de google o las wikipedias, pero aún a riesgo de equivocarme creo recordar que fuimos oro en vela con Doreste, plata en remo con Lasúrtegui y Climent y bronce en 1500 con Abascal. Creo también que el presidente del COE era Ferrer Salat. Con la medalla de baloncesto ya segura dijo que no teníamos solo cuatro, que la de básket eran en realidad doce medallas, una por jugador. No les cuento por decencia como comenzó esa noche José María García su programa de madrugada.

La final fue a las cuatro y media de la mañana y a esa hora ni siquiera el bar del puerto de Bueu abría, así que la seguí por la radio, tumbado en un sofa y bien abastecido de coca-colas. Jiménez anotó la primera canasta y en la siguiente acción defensiva nos hicimos con el rebote. Ya les he dicho que no me gusta buscar en google, pero juraría que en esos Juegos Olímpicos de Los Ángeles conquistamos el oro.