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Cierra los ojos y sueña

FINAL DE BALONCESTO | USA 107 -ESPAÑA 100

Cierra los ojos y sueña

Cierra los ojos y sueña

ERIC GAY

AFP

Maravillosa final olímpica de una España que soñó durante 38 minutos con la mayor de todas las victorias. Navarro primero, Pau Gasol después: todos. España logra una plata épica.

Era tan difícil que estuvo a punto de suceder. En el deporte la realidad se comba, las lógicas se reescriben y los milagros se hacen posibles. Por eso existen los Juegos Olímpicos y por eso todo el planeta mira. La victoria y la derrota se miran a los ojos, hermanas a punto de reconciliarse. A punto: España perdió con los dientes apretados y la mirada enterrada en amargura. Así pierde el que compite y eso fue la Selección, el único equipo que ha sido capaz de competir hasta las últimas consecuencias contra la mejor versión de Estados Unidos desde el Dream Team de Barcelona 92. Y la tentación ahora es asegurar que a la leyenda que puso Barcelona para siempre en el mapa del baloncesto mundial sólo le faltó precisamente eso, un rival a su altura. Un rival, digámoslo bien fuerte, como España.

El 24 de agosto de 2008 España perdió 118-107 en Pekín en el que muchos consideraron el mejor partido de la historia del baloncesto de selecciones. Juro que ahora mismo no sé si este 107-100 del 12 de agosto de 2012 en Londres fue todavía mejor pero diría que en muchos momentos lo pareció y estoy casi seguro de que esta vez España se lo creyó todavía más. Tocó el oro con las alas desplegadas y el cuchillo entre los dientes. No sé si fue mejor pero sí creo que fue más duro, salvaje. Hubo 54 faltas personales y 63 tiros libres y hubo baloncesto del nivel que sólo estos dos equipos pueden ofrecer. Estados Unidos es mejor que hace cuatro años y España había parecido durante todos los Juegos peor. No importó durante cuarenta minutos de baloncesto puro, de confrontación titánica. Las excusas se quedaron en el vestuario en una maraña inolvidable de batallas tácticas y retos individuales, una colisión de estrellas en la que España, y el mérito es simplemente sobrecogedor, retó hasta la misma línea de meta a un equipo de un potencial sublime. España fue en el día más importante mucho más que el mejor de los terrenales, una plata digerida antes de jugar. Ribeteó el firmamento y soñó con una fuerza conmovedora y con atributos que eran pura ley. Esta España ya era leyenda, hoy lo es un poco más. Su historia, que ya era gigantesca, hoy es mucho más hermosa. Esta plata, si cierras los ojos, refulge con cómplices destellos dorados. Esta España no ganó el oro pero es oro puro.

El gran partido de España

El triunfo de Estados Unidos fue justo y fue maravilloso porque se vio obligado a jugar 40 minutos de máxima concentración. Salió abrasando la zona española a ritmo de triples (7/10 en el primer cuarto) pero se vio emboscado en un partido inesperado. España rozó la hazaña yendo a más de cien puntos, a un intercambio de golpes que resonó desde la cancha del O2 hasta la vieja Atenas a través de siglos de historia olímpica. Nada que objetar al triunfo estadounidense. Al contrario, respondieron bajo presión al galope de LeBron James, Kevin Durant y Kobe Bryant, tres jugadores que serán mañana lo que hoy son Magic, Jordan, Bird: leyenda sagrada. Algún día contaremos que España exprimió a un equipo con esos jugadores: 59-58 al descanso, 66-67 en el ecuador del tercer cuarto, 85-84 con nueve minutos por jugar y 97-91 a 100 segundos del final, cuando Pau Gasol falló el gancho que pudo oprimir por última vez el partido. Lo siguiente fue LeBron, un mate brutal y un triple de muñeca de hierro para sellar un triunfo en el que sumaron mucho el mejor de ayer, Kobe Bryant (17 puntos), y el mejor de mañana, un Kevin Durant que se escapó hasta 30 puntos. Chris Paul anotó ocho puntos en el último cuarto, cuando ardía el balón, y Estados Unidos ganó con un último esfuerzo físico, un combate a muerte por las segundas opciones a través del rebote de ataque y un ejercicio de personalidad y adaptación al juego FIBA al que ayudaron mucho Carmelo Anthony o Kevin Love. Enorme Estados Unidos. Sin Howard, sin Rose ni Wade. Sin Bosh, Aldridge, Bynum… Qué importa. Su lugar es la historia, su espejo el Dream Team y su rival, el único que le ha llevado al límite, la selección española.

España no se podía ir de los Juegos Olímpicos sin hacer un partido grande. El sufrido final ante Francia, la catarsis del segundo tiempo ante Rusia fueron simples muescas. Su despliegue en la final superó cualquier expectativa. Contra el agotamiento físico, contra los desequilibrios en la rotación, contra la fascitis de Navarro o las dudas en el tiro exterior. Contra la lógica: baloncesto. España rompió las cadenas y dejó uno de esos partidos que se comunican con Lisboa en 1999, Saitama en 2006 o Pekín en 2008. Alegría, carácter, circulación y sentido colectivo, aguerridas defensas en una zona de ajustes que exigía un sufrimiento máximo. No sé si esta es la última o la penúltima carga de este equipo de leyenda. Felipe se va y quizá otros sigan sus pasos. Sea como sea no olvidaremos nada de esto, nunca, queden o no más batallas para este grupo que viaja a hombros de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, dos de los grandes jugadores de la historia. De la nuestra y de la del juego: un 2’14 que se mueve como un ángel y un irrepetible demonio de 1’92.

Navarro anotó 21 puntos, 19 en un primer tiempo colosal en el que equilibró a base de pinceladas de genio la salida en estampida de Estados Unidos (25-16, minuto 6). Pau Gasol (24 puntos, 8 rebotes, 7 asistencias) tomó el relevo en el tercer cuarto con 15 puntos y una cabeza de puente construida sobre las defensas de Chandler y Love. Ayudaron Ibaka (12 puntos, 9 rebotes) y Rudy (14+6) porque Marc hizo cuatro faltas en menos de medio partido. Ayudó un Sergio que puso la alegría que no aportó Calderón y ayudó un Llull que jugó de base, otra vez, el último cuarto. Con la rotación contraída y las fuerzas justas España firmó tres cuartos inolvidables hasta que se sintió demasiado cuesta arriba en el último. Kobe atrapó en defensa el último aliento de Navarro y Estados Unidos rompió el partido en el único respiro que se tomó Pau Gasol (cuatro puntos de España en más de cuatro minutos: 93-86). Con el duelo ya inclinado España dejó un último esfuerzo, una reacción final en la que arañó a la lógica y se dejó el alma, el último hálito de vida. Le ganaron, tantos minutos de baloncesto después, un puñado de defensas brutales de unos atletas sobrehumanos y un puñado de canastas deliciosas de algunos de los mejores jugadores que nunca haya dado el baloncesto: Kobe, LeBron, Durant.

Sí: era tan imposible que estuvo a punto de suceder. España exprimió su superioridad interior, la jerarquía de Gasol, y la magia de Navarro, herido pero siempre genial. Defendió en trinchera y atacó como tantas veces le hemos visto, casi ninguna en estos Juegos hasta la segunda parte de la semifinal ante Rusia. España hizo un partido sublime, Estados Unidos también. Fue maravilloso y fue el resultado previsto de un modo sumamente imprevisto. Porque España excedió sus límites y cuando fue más allá fue por fin ella misma. Compitió hasta el final y firmó, aunque de plata, una (otra) página inolvidable para la historia del baloncesto español. Ganó un equipo gigantesco, perdió otro enorme, monumental. Oro y plata, plata y oro en otro partido para el recuerdo. Así que cierra los ojos y valora todo lo que sucedió en la cancha del O2, guarda cada momento en tu memoria y siéntete privilegiado por haber disfrutado de un pellizco tan sublime de gloria olímpica. Sueña, tan sólo cierra los ojos y sueña.

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