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Kiel fulmina el sueño atlético

El THW Kiel gana (26-21) y se proclama campeón de la máxima competición continental por tercera vez en su historia, sumando el triunfo de hoy a los títulos obtenidos en 2007 y 2010.

Kiel fulmina el sueño atlético
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No pudo ser, el intento del Atlético de conseguir su primera Liga de Campeones (que hubiera sido cuarta para la estructura del Ciudad Real) se frenó en seco en el último paso, en el último escalón. El Kiel, apoyado en su guardameta Omeyer, se volvió un gigante que impidió al Atlético vengar a sus mayores, los que perdieron la final de 1985 ante la Metaloplastlika. Se podrá poner de excusa el arbitraje, pero no se podrá negar la justicia del triunfo alemán, llevado en volandas por una afición que llenó el pabellón de Colonia y que jaleaba a su equipo al ritmo de la Marcha Radetzky, con esa escalofriante sensación de estar jaleando a un ejército con acordes de música clásica.

La primera mitad estuvo marcada por una acción, el codazo de Zeitz a Kallman, cuando el sueco se encontraba suspendido en el aire, intentando batir a Omeyer. Los colegiados no expulsaron al alemán, Lazarov falló el lanzamiento de siete metros y el Atlético se desquició. Hasta entonces, aunque sin un brillo excesivo, los de Dujshebaev fueron mejores. Sólidos en defensa, buscando los extremos en ataque, con el macedonio Lazarov, héroe de la semifinal, enchufándose poco a poco. El Kiel percutía por el centro, no buscaba los extremos, pero encontraba el camino a Sterbik apoyado en la dirección de Narcise, que buscaba huecos y en latigazos de un soberbio Andersson y tampoco estaba incómodo. Era la tensa calma que siempre precede a la batalla. Los dos contendientes se miran, se vigilan, esperando el más mínimo resquicio en la línea rival para atacar. El Kiel hizo su movimiento, el Atlético picó, se desequilibró y los alemanes lo aprovecharon. Un parcial de 6-0 (con un genial y móvil Palmarsson como causante máximo) y más de ocho minutos sin anotar un gol fue el parte de bajas que presentaron al general Dujshebaev.

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Omeyer, enorme, brillante, inmenso, tan desquiciante en sus gestos y formas como excepcional portero cuando se ciñe a su trabajo, se cargó las ilusiones y esperanzas del Atlético sistemáticamente. Lo paró todo. Unido a la sobria efectividad alemana en ataque, la Champions era un tren se le escapaba, metro a metro y en raíles a un Atlético que no corría tras ella, que seguía sentado en el andén, resignado. La segunda parte no se pareció en nada a la de la semifinal. Un equipo español que no supo pasar por encima del escollo arbitral, se descentró y no fue el mismo que ante el Copenhague. La expulsión de García Parrondo con 20 minutos aún por jugar era el reflejo de lo que sucedía en la cancha. Kiel había dejado la mina plantada y el Atlético la pisó. Cuando sacudió la cabeza y se dio cuenta de la situación, ya era tarde. Un arranque de orgullo acercó al Atlético a falta de tres minutos, pero ya era tarde. Entre Andersson y Jicha llenaron de caries el muro defensivo colchonero y acribillaron a Sterbik, que no pudo ser héroe en Colonia.

Se apelará a la maldición que tiene asociado el nombre del Atlético de Madrid (Bayern de Múnich, Metaloplastika), a la leyenda de pupas, a los árbitros, al ambiente... pero la realidad es que se equivocó de rival. Cuando uno juega fuera de casa aparece un fantasma, un rumor en el viento que dice que la encerrona arbitral está asegurada. Y al Atlético, a la primera ocasión, se le hizo presente esa sombra y se dedicó a pelear contra ella, olvidando el balonmano. Entre Kiel y Ciudad Real (ahora Atlético de Madrid) se reparten seis de los últimos siete títulos de Champions. Era bonito lograrlo en el primer año en Madrid, pero el equipo, la estructura y la historia aseguran que oportunidades así se volverán a repetir.

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