Un gol de Aicardo mete a la Selección en la final
Sólo la falta de acierto hizo que La Roja no goleara a Italia


España jugará mañana la final de la Eurocopa de Croacia donde aspirará a conquistar su sexto entorchado continental, cuarto consecutivo. Lo hará después de derrotar ayer a Italia en unas semifinales de infarto donde, si bien la Selección tuvo más ocasiones, hasta que no sonó la bocina final los españoles no pudieron respirar tranquilos. Rusia, otro enemigo con historia, será el último escollo.
Se puede decir que La Roja, que llegaba a las semifinales como equipo más goleador del torneo y con un juego por momentos espectacular, ayer vio que debía ponerse el mono de trabajo para defender una renta mínima. Comenzó centrada, consciente de que los transalpinos iban a jugar a esperar el fallo, así que no arriesgó, esperando la ocasión. Y llegó donde el equipo de Venancio es indiscutiblemente el mejor del mundo, en una jugada de estrategia. Un saque de banda lo dejó pasar Miguelín para que Aicardo, en el segundo palo, conectara un tiro que sorprendía al meta italiano Mammarella. Curioso el caso del goleador gaditano: se incorporó el día que España volaba hacia Croacia, por lesión de Pola, y lleva anotados cuatro tantos, uno de ellos, el de ayer, que vale una final.
Sin acierto.
El barcelonista Saad tomó el mando en Italia y el peligro empezó a rondar la portería de Luis Amado, que volvió a confirmar a base de paradas por qué ya nadie discute que sea el mejor portero de la historia. Tras el descanso el panorama cambió. España se encerró y esperó a Italia a la contra... y vaya si la encontró, pero sin acierto. Borja y Miguelín se estrellaron ante Mammarella (otro gran partido el suyo), Alemao y Torras la mandaron al larguero, Usín, al palo... y así hasta casi una decena de ocasiones desperdiciadas para sentenciar.
Italia, sin saber casi cómo, llegó con vida a los tres últimos minutos y pensó que merecía la pena estrenar el portero-jugador, aún inédito en el torneo. Pero esta vez la suerte no le acompañó, sino que sucumbió ante una España que no se avergonzó de cambiar el juego de tiralíneas por el patadón a la grada. Una final, bien lo merece.
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