Montañismo | Las confidencias de Juanito Oiarzabal

"Si esto me pasa a 8.000 metros, estaría muerto"

Esto, más que una entrevista, de la que no tomé ninguna nota, es el resumen de un montón de confidencias entre amigos que, eso sí, se ajusta fidedignamente a lo que hablamos Juanito Oiarzabal y yo sobre, entre otras muchas cosas, su última expedición.

<b>DESCENSO. </b>Juanito Oiarzabal es ayudado en el descenso del Lhotse por Edurne Pasaban y sus sherpas.
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Nos damos un abrazo, con emoción pero sin palabras, mientras eleva a Sangita, su hija nepalí adoptada, y luego se acerca a besar a Araceli, quizás la persona que más sufre sus ausencias y sus interminables descensos de las montañas más altas de la Tierra. Tiene la voz ronca, como siempre que baja de una montaña, y la nariz y los labios con heridas. Este hombre es de piedra, de mármol, como la famosa película del polaco Andrzej Wajda. Nunca le he oído quejarse, ni siquiera cuando perdió los diez dedos de los pies, congelados en el K2, y que al entrar en la tienda, tras 48 horas al límite, sólo nos dijo: "Señores, espero que tengan un buen servicio de habitaciones". Sin embargo le duelen los comentarios de personas que sin tener ninguna información han salido a criticarle. "A veces me dan ganas de mandarlo todo a la mierda. Cuando he llegado a Khatmandú, me he enterado de este lío", afirma.

Lo primero que le pregunto es por la expedición.

Añoro las expediciones de Al Filo. Ahora no es como antes, los sherpas hacen todo el trabajo. Lo único que puedes hacer es colocarte a la espera.

No es obligatorio ir ahora al Lhotse o al Everest, con tanta gente, sabiendo que se va a convertir en un circo y que cualquier cosa que pase te va a salpicar por ser el más conocido.

Tienes razón, pero era mi última oportunidad de ir al Lhotse. Era mi último ochomil 'largo'. Ahora sólo me quedan cinco de los 'cortos'. Quizás, por la edad, pasar de los 8.400 metros sin oxígeno ya se me hace muy duro. Tenía que ir, era la última oportunidad.

¿Cómo sucedieron los hechos desde el campo 4, a unos 7.900 metros?

Hasta ahí, todo normal. Íbamos todo el grupo que compartíamos permiso y otros dos españoles, Isabel García y Roberto Rodrigo, que tenían otro permiso. En la escalada cada uno era responsable de sí mismo. Yo compartía tienda con Juanjo Garra y Lolo (el andaluz Manuel González), buenos chicos y buenos alpinistas. A la mañana siguiente nos desperdigamos. Carlos Soria y el sherpa que le suele acompañar se pusieron botellas de oxígeno y fueron los primeros en subir, a eso de las 9:00, y bajaron como una rosa. Chapeau para Carlos. Yo subí muy bien, aunque se hizo muy duro. Llegué a la cumbre el primero de los que no utilizábamos botellas, a eso de las 13:00. Enseguida me puse a bajar porque allá arriba no puedes estar más que unos minutos. A eso de las 16:00, estaba de vuelta en el campo 4. Bajando me crucé con Isa y Roberto y les informé de que aún les faltaba más de una hora, pero Isabel me dijo que subiría a toda costa. Al llegar al campo 4 me puse a derretir nieve para que mis compañeros tuvieran algo de beber cuando llegaran. Pero tardaron mucho, los últimos Isabel y Roberto (ya con graves congelaciones), a eso de las 5:00. Lo peor es que Lolo no apareció. Estuve toda la noche sin dormir diciéndome que no podía repetirse la historia del Annapurna del año pasado

Esa noche la pasaríais en blanco

No pude dormir nada. A la mañana siguiente comenzamos a ver qué podíamos hacer por Lolo, mientras los médicos nos insistían en que bajáramos. Estuve esperando hasta eso de las 11:00. Afortunadamente contactaron con los hermanos argentinos Benegas, Damian y Willy, y el guía Matoco (Matías Erroz), que bajaban del Everest. Subieron a por Lolo, y creo que también ayudaron a bajar a Roberto. Les deben la vida. Lograron bajar al campo 2, ya de noche. Yo regresé también tarde porque me había quedado a esperar en el campo 3.

Hubo momentos de tensión con Carlos Pauner, que no se quiso poner oxígeno a pesar de que tenía un índice de saturación de oxígeno en la sangre muy bajo, pero de todo eso me enteré después. Parecía que todo se había acabado. Yo llevaba cinco días de ascensión, y en los últimos días había comido y bebido poco. Estaba agotado y con los pies tocados. Además tuve que cambiarme de tienda para hacer sitio a Lolo, así que tampoco descansé bien.

Problemas.

A la mañana siguiente un helicóptero subió al campo 2 para evacuar a Lolo y Roberto. El resto comenzamos a bajar al base. Me metí unas pastillas de Fortecortín (dexametasona, un corticoide). No podía con mi alma. A pesar de todo llegué al campo 1, pero me veía incapaz de llegar al base, a pesar de que es una bajada que la podría hacer en menos de tres horas. Pero ya no estaba en condiciones normales.

Me puse a derretir nieve, pero ya ni me entraba el agua. Gracias a Dios había tubos de leche condensada y pude beber algo dulce. Todos juntos nos pusimos a bajar pero yo no podía. Cuando llevábamos una hora de descenso paré a Carlos (Pauner), Juanjo (Garra) y Javier (Pérez), para pedirles que me pusieran una inyección de dexametasona. Le pedí a Javier, el cámara de Carlos, que me dejara una botella de oxígeno. Y así, casi arrastrándome, logré llegar casi al final de la Cascada de Hielo, a media hora del campo base. Les pedí que me dejaran allí, no podía más.

Hablamos con Edurne y pedimos que nos enviaran unos sherpas y así pude llegar al campo base. Se lo agradezco. Ha sido una bajada dura, no tanto como la del K2. Aunque si esto me pasa a 8.000 metros estaría muerto. Hice una ascensión buena, llegando el primero para no usar oxígeno y creo que ha sido el follón de esos días los que no me permitieron hidratarme convenientemente. Es un fallo mío, lo reconozco. Lo que no entiendo es cómo algunos, sin saber nada, me ponen a parir

Próximo reto.

Luego, mientras mira el vaso de patxarán que ha pedido, me dice: "Ayer en Khatmandú pensaba que mi suerte se había acabado. Pero ¿qué voy a hacer, dejar la montaña?... Me ha tratado mal, pero también me lo ha dado todo".

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Nos levantamos. Me digo que este tipo no puede ser un mal tipo. No ha escrito libros, no es un intelectual ni jamás ha pretendido serlo. Es un hombre sencillo, un animal de monte, y sólo en la montaña está en su elemento. "Tienes que llevar cuidado. Piensa bien en lo qué haces y en cómo lo haces", le digo mientras nos despedimos. "Por cierto", me dice, "¿te importaría sacarme el visado en la embajada de Pakistán? Es posible que intente el Broad este verano".

Me quedo con el pasaporte, repleto de sellos de Nepal, mientras se mete con su mujer y su hija en el coche. Este hombre no tiene arreglo. Pero es, a pesar de todo, uno de los nuestros.

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