El balonmano da otra Champions al Barça
El Barcelona, en 24 horas de gloria, conquistó la segunda Champions: la de ayer, la octava de su sección de balonmano, que hacía seis años que no la levantaba. El Ciudad Real se topó con un Daniel Saric estratosférico que anuló con sus brillantes paradas cualquier posibilidad manchega.

Le trajo a España el Ciudad Real en una operación de futuro, pero nunca jugó en el equipo manchego, que le cedió al Alcobendas y al Cantabria, y luego pasó por el Ademar y el San Antonio, hasta aterrizar en el Barcelona al que ayer dio su octava Copa de Europa. Sí, porque Saric, un niño bosnio apesadumbrado por cinco años de guerra en su país, ayer fue el hombre que decantó la final: paró lo esperable y lo imposible (sacó cinco unos contra unos y detuvo dos penaltis), y hasta marcó un gol desde su portería. Y no es que Hombrados estuviese mal; es que Daniel fue una especie de pulpo colocado delante de la portería azulgrana.
Saric fue el hombre que minó la moral al elegante Kallman (1 de 6), que desestabilizó a Lazarov, que mantuvo a raya al eficaz Parrondo, que inquietó a Abalo, que apesadumbró a Guardiola y a Morros. Vamos, que el Ciudad Real fajador de siempre intuía que todos sus esfuerzos iban a ser en vano, imposibles ante el estado de gracia de Saric.
Además, a los tres minutos Nagy le hizo una avería a Chema, y con Cañellas cojo, Dujsebaev recomponía su primera línea con Alberto Entrerríos de chico para todo. Pero ese hándicap le pasó factura al cuadro manchego en su intento de jugar con seis marchas. Además, el 5-1 del Ciudad Real tampoco era efectivo para evitar la conexión de Rutenka con Noddesbo, el otro estilete azulgrana, el hombre que desde los seis metros fusiló a Hombrados (8 de 9).
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Control.
Al descanso el Barça ya tenía encarrilado el partido, que se movía por los cauces de un arbitraje extraño para un partido tan importante. Y luego tampoco hubo opción: el Barcelona, que el año pasado se equivocó a la hora de mantener una ventaja definitiva ante el Kiel, ya había avisado que ahora sí sabía qué hacer. Y lo supo: no sólo evitó que el Ciudad Real se metiese en el partido, sino que con paciencia y buscando las vías de agua rivales amplió su ventaja, poco a poco, hasta que se llegó al minuto 55 con todo visto para sentencia: 26-20. Ya no había caso, aunque al final apareciesen los nervios de la frustración con Abalo, Dinart e Iker Romero en la última acción de un partido que fue duro, pero no sobrepasó los límites pese a dos árbitros poco capaces.
