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"Pensé que Nuria se iba a quedar en los huesos"

Más deporte | Viva la madre que te parió

"Pensé que Nuria se iba a quedar en los huesos"

"Pensé que Nuria se iba a quedar en los huesos"

carmen tudel

Paquita Domínguez no puede ir a menudo a ver correr a su hija, Nuria Fernández, porque regenta un restaurante en Madrid "y es un trabajo muy esclavo". Pero sí estuvo en Barcelona, durante los Europeos, en los que la mediofondista ganó el oro de 1.500.

A Paquita Domínguez no le gustaba que a Nuria Fernández, su hija de nueve años, le diese por correr. "Estaba muy delgada, y si se ponía a hacer deporte, se iba a quedar en los huesos", cuenta mientras entra y sale de la cocina del restaurante El Rinconcito, propiedad de la familia. El padre biológico de Nuria estuvo viéndola en Montjuïc; el segundo marido de su madre se quedó en Madrid, operado de una rodilla. En El Rinconcito, en la calle Padre Claret, la ahora campeona europea de 1.500 hizo en tiempos "de pinche fregón", en palabras de la propia Nuria, que batalla durante el reportaje con su hija Candela.

Cumplirá tres años en octubre y se muestra muy responsable ante la tentación de una caja de chocolatinas: "Voy a dejar de comerlas, porque tengo la tripa llena y luego me duele". Paquita, Nuria y Candela. Tres generaciones nos contemplan.

La campeona de 1.500 nació en Lucerna (Suiza). Sus padres habían emigrado para ganarse el pan. Recuerda Paquita, nacida en Ponferrada: "Me fui con 18 años y trabajaba en una fábrica textil. Me levantaba a las seis de la mañana, volvía a casa a las seis de la tarde y a las ocho estaba durmiendo. Sólo trabajaba, trabajaba y trabajaba. Nació Nuria y pensamos que esa vida no podía ser para siempre. Regresamos cuando ella tenía tres años".

Y a los nueve "empezó a correr y ganaba siempre", dice. "A mí no me hacía gracia, pero un entrenador llamó a la puerta de casa y nos dijo que lo hacía muy bien, así que". Ahora sí le gusta que corra, pero lo malo de Paquita es que sufre cuando Nuria lo hace bien y cuando lo hace mal, en la salud (cuando todo es perfecto) y en la enfermedad (cuando está lesionada o tiene una decepción). Y vuelve a recordar, sentada en la terraza de El Rinconcito, pero con un ojo en la cocina: "Casi nunca voy a verla competir, porque el negocio del restaurante es muy esclavo, pero sí estuve en los Juegos de Sydney y Atenas. Cuando corre Nuria me pongo intratable; no hay quien me hable. Sufro cuando está lesionada. Me paso la vida sufriendo. Tras los Mundiales de Helsinki, en 2005, me llamó llorando a las dos de la madrugada, porque las cosas le habían salido mal".

Pero se contenta: "A veces hay grandes alegrías, como esta de Barcelona. Al ver ganar a Nuria me quedé rígida en la grada, sin poder moverme". Cuando acabó de dar la vuelta a la pista y pudo abrazarla, sólo le dijo: "Muy bien, hija, muy bien". ¿Y qué decía Candela? Lo cuenta la campeona europea de 1.500 metros: "Gritaba '¡Nuria, Nuria, Nuria!', con los puños cerrados y los brazos levantados. Me vio llorar de alegría y ella también se puso a llorar". A Candela la cuidan entre todos, dice Paquita: "A veces yo; a veces su suegra, y a diario una chica en casa de Nuria, que vive en Pozuelo".

Según Paquita, "Nuria no dejó de bailar en toda la noche, incluso en la cama, con la niña, que antes se había quedado dormida cenando". Y apostilla la campeona. "Me despertaba de vez en cuando y me decía 'Nuria, eres la campeona, fíjate".