"Por desgracia, tres bronces no son un oro"
Es uno de los siete españoles con tres o más medallas olímpicas y el único deportista de equipo con ese mérito: tres bronces con España. Sueña con Japón, juega en el Barça y desearía que en Alcalá de Henares un pabellón le honrara.

Es usted el deportista español de equipo con más medallas olímpicas. ¿Con cuál de las tres se queda?
No regalo ninguna. Todas tienen su valor: la primera (Atlanta), porque era muy joven; la segunda (Sydney), por lo que significó en aquel momento; y la tercera (Pekín), porque es la última. La pena es que esta sí pudo ser de más brillo.
De niño, en el colegio tres corners valían por un gol.
Por desgracia, el bronce es bronce, y por muchos que tengas no hacen un oro. Voy a pelear por estar en Londres y tener otra oportunidad, aunque estaré un poco mayor.
¿Con Valero Rivera?
Me preguntó si quería ir al Mundial de Croacia y le dije que esta vez necesitaba parar.
Conoce cuatro villas olímpicas ¿de verdad, se agotan los preservativos?
No sé ni dónde se colocaban las cajas. La historia de los condones hay que contarla con rigor, porque la gente puede pensar que la Villa es lascivia pura. Los preservativos son gratis, y hay gente de países pobres que se llevan las cajas para la reventa.
No me diga que no hay ambiente. ¡Si una jugadora australiana escribió su deseo de beneficiarse a nuestra Selección de hockey entera!
A los Juegos llegan dos tipos de deportistas, lo que van a competir y los que con ir ya han conseguido su objetivo. A medida que pasan los días este grupo se amplía porque se termina la competición, y la gente quiere distraerse.
¿Dónde queda usted?
Compitiendo hasta el último d en tres de los cuatro Juegos he jugado por medalla.
¿No se aburría en la Villa de Pekín, por ejemplo?
Estudiaba las leyes deportivas españolas para aprobar esa asignatura en el INEF. Le metí horas, pero suspendí. El profesor no debió captar tanto esfuerzo.
Tiene fama bien ganada de meterse en muchos charcos.
Digamos que no los rehuyo. Me gusta jugar al límite, aunque en ocasiones, como ante el Ciudad Real la última campaña, me costó no salir en la tele: a los 10 minutos me habían expulsado del partido más importante de la temporada.
Estuvo tres años en el Barcelona, y volvió seis después. ¿Cómo se lo explica?
Siempre he querido evolucionar. Cuando me fichó el Barça del Ademar, pensaba en Alemania; y cuando estaba en el Kiel tenía ilusión por acabar en Japón, un país que me fascinó en el Mundial de 1997.
¿Japón?
Sí, sí. Por ejemplo, soy un fanático del sumo; me hubiese gustado practicarlo. Leo mucho sobre la cultura japonesa y mi agente, antes de volver a España, al Portland, estuvo tanteando la posibilidad de llevarme allí. Pero ya no tienen Liga profesional con extranjeros. Ese sueño tal vez no lo cumpla.
¿Qué otros deseos tiene?
Que en Alcalá de Henares, mi pueblo, por ejemplo, el Pabellón Virgen del Val lleve mi nombre algún día. Juancho Pérez (internacional del Portland) ha dado nombre al pabellón de su pueblo, donde él empezó a jugar. Eso sí sería el colofón de oro a una carrera deportiva.
A usted ya le prometieron una calle en Alcalá.
Cuando gané la segunda medalla olímpica, con el alcalde anterior. Cayó en el olvido, pero es que debe ser complicado.
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Por cierto, la Copa Asobal contra el Ciudad Real.
Para hacer algo grande este año tenemos que ganarle. Lo hicimos en la Supercopa, pero nos acaba de derrotarnos en la Liga y en el Palau. Vuelve a tener ventaja anímica.
