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El orgullo de los Yankees

Su estadio será demolido tras 85 años, pero seguirán en el Bronx

Yankee Stadium
Héctor Martínez
Subdirector de AS
Nació en Madrid en 1969. Licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo) por la Universidad San Pablo CEU. Entró en el Diario AS en 1991. Hasta 2017 ejerció como redactor en las secciones de Baloncesto, Cierre, Más Deporte, Fútbol y Motor. En 2016 es nombrado redactor jefe de la sección de Motor. Desde 2017 es subdirector del diario.
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No hace falta ser aficionado al béisbol para darse cuenta de lo que significa el derribo del Yankee Stadium. Basta poner en fila los nombres de Babe Ruth, Lou Gehrig, Joe DiMaggio o Mickey Mantle, ídolos en la vida (real) y en el cine, para que la leyenda se nos eche encima. Su bate nos golpea y con el zumbido aún en los oídos vemos al mítico Ruth guiñarnos un ojo -foto de la derecha- y soltar: "Les veo al otro lado de la calle". No miente. Será allí donde el próximo abril se inaugure el nuevo campo de los Yankees. Misma línea de metro (B, D, 4), nuevas ilusiones. La magia no deja el Bronx.

Ochenta y cinco años dan para mucho. Desde que el inevitable Ruth bateara allí el primer home run (28 de abril de 1923), el estadio no ha dejado de ser protagonista del deporte norteamericano. Ni un solo día. De un terreno olvidado en la parte norte de la ciudad (calle 161), adquirido por Tillinghast L'Hommedieu Huston y Jacob Rupert a Williams Waldorf Astor (sí, el de los hoteles), el Yankee Stadium se convirtió en un santuario en el que el equipo ganó 26 Series Mundiales. El palmarés se abrió en 1923, como si la inauguración del estadio hubiera servido de pócima mágica. Crear y ganar, meter el béisbol en las casas de los neoyorquinos -que tenían otros dos clubes, los Dodgers y los Giants- y alimentar un equipo de leyenda que llegó incluso al cine con la recordada El Orgullo de los Yankees (1942), protagonizada por Gary Cooper.

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Pero no todo ha sido béisbol en un estadio que vivió su lavado de cara en 1972 (la remodelación duró dos años y los Yankees tuvieron que jugar en el Shea Stadium, casa de los Mets). El boxeo, cómo no, otro nutriente en la vida (real) y en el cine, protagonizó más de 30 combates con un título mundial en juego. Difícil quedarse con uno, aunque el eterno juego entre el yin y el yang nos lleve al duelo entre Joe Louis y Max Schmeling del 22 de junio de 1938. En un rincón del ring, el Bombardero de Detroit; en el otro, un alemán con la alargadísima sombra de Adolf Hitler detrás. Esperanza aria. Louis ganó en un asalto y el Yankee Stadium gritó de júbilo.

Históricos. Después llegarían otros ídolos de cuerpo (nuestro Paulino Uzcudun, Rocky Graziano, Sugar Ray Robinson, Muhammad Ali...) y de espíritu (Pablo VI, Juan Pablo II o Benedicto XVI). Y muchos más trofeos hasta el adiós contra Baltimore del fi n de semana, al que asistieron históricos como Joe Girardi, Yogi Berra o David Wells. Julia Ruth, de 92 años, hija del mítico Babe, hizo el saque de honor. A un lado del espejo estaban los héroes de leyenda; al otro, en imagen invertida, como en el truco cinematográfi co que hizo que Gary Cooper bateara en la pantalla de zurda cuando él era diestro, las estrellas futuras. Aguardan al otro lado de la calle. No se mueven del Bronx.

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