¡Quemad esos Budas!
El Tíbet, conocido como el 'País de los Lamas' o el 'Techo del Mundo', fue sometido a una represión feroz tras la invasión de China en 1950. Desde entonces la situación ha mejorado, porque el país se ha modernizado, pero quizá no es eso lo que quieren los tibetanos.
Los sucesos de estos últimos días, las importantes protestas en Lhasa y en otras ciudades, los enfrentamientos en Londres y en París en torno a la antorcha olímpica, ha hecho preguntarse a mucha gente por el Tíbet, ese país remoto, conocido como el País de los Lamas o el Techo del Mundo.
A comienzos del siglo XX pocos occidentales habían entrado en la ciudad sagrada de Lhasa, residencia del Dalai Lama, que gobernaba de forma teocrática un país con reminiscencias feudales. La tierra y el ganado eran propiedad del 5% de la población: clero y aristócratas. Los siervos apenas tenían nada y los castigos judiciales eran bárbaros. Aunque en occidente, sin embargo, evocaba el paraíso perdido, una tierra de monasterios budistas protegidos por las montañas más altas de la Tierra, entre ellas el Everest.
Desde primeros del XVIII hasta que cayó la dinastía manchú, en 1911, los chinos impusieron un vasallaje a los tibetanos, aunque en la práctica gozaron de libertad. En 1904 llegó la invasión británica, masacrando con ametralladoras a cientos de defensores que se oponían con lanzas y escudos. Ya se había explorado la Tierra del uno al otro confín, pero el Techo del Mundo continuaba rodeado de un misterio que viajó intacto del siglo X al XX. Los británicos impusieron al Dalai Lama sus condiciones y dejaron abierta la puerta a futuras intervenciones.
Los chinos, que siempre han considerado el Tíbet como parte de su territorio, lo invadieron (lo "liberaron", según su vocabulario) en 1950 y obligaron a firmar a sus autoridades un acuerdo. En 1959 las revueltas se generalizaron pero fueron sofocadas sin miramientos. Hubo miles de muertos y decenas de miles de exiliados. Muchos se dirigieron a India y Nepal, también sacudidos estos días por las protestas. Los chinos modernizaron el Tíbet: abolieron el feudalismo, construyeron puentes, carreteras, escuelas, aeropuertos... Pero, sobre todo en la etapa de la Banda de los Cuatro, la represión fue feroz: la religión fue proscrita, cientos de monasterios fueron derruidos, se asesinó y se encarceló por ideas políticas o religiosas. Se quemaron libros y obras de arte de una cultura que, como dice el Dalai Lama, es víctima de un genocidio.
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Jamás se sabrá cuánto se perdió. La destrucción he podido verla con mis ojos en localidades como Toling o Tzaparang. Afortunadamente, la situación ha mejorado. Algunos monasterios han sido reconstruidos. Hay libertad de oración, más que religiosa, y se ha restablecido el culto: han vuelto los monjes, y se ha elevado el nivel de vida. Aunque quizá el Dalai Lama no apruebe los barrios de prostitución de Lhasa. Pero hoy, la ciudad sagrada tiene hoteles, restaurantes, cibercafés... Aunque, ¿es eso lo que quieren los tibetanos? Oficialmente el Tíbet es una región autónoma, pero en la práctica lo importante pertenece a la mayoría Han. De hecho ya hay casi tantos chinos como tibetanos, producto de la política de "chinización".
Fosco Maraini, un reconocido tibetólogo, escribió un gran artículo cuyo título he copiado: !Quemad esos Budas¡ Maraini resumía la situación en el Tíbet: "Los chinos son más, 1.300 millones frente a unos 3 millones; por supuesto son más fuertes y más influyentes; su civilización y su cultura, bajo nuestra mirada, es más refinada; su pensamiento, heredero de Confucio, más cercano y racionalista que el tibetano, que, ante nuestros ojos, es más irracional y supersticioso. Y, por último, hasta la comida china es más sofisticada que la tsampa (mezcla de harina y leche o agua). Pero, todo eso, no le da derecho al gobierno chino a aplastar la cultura tibetana".