El Rey Maldito era un pobre niño prodigio
Robert James Fischer, el mayor genio en la historia del ajedrez moderno, ha muerto en un oscuro hospital islandés, rodeado de un entorno tan secretista como una secta. Triste fin de aquel prodigio que conmovió al mundo en 1972, allí mismo: en Reikiavik.

Poco antes de morir, Robert James Fischer, el hombre que poseía un cociente intelectual superior al de Albert Einstein, pedía cervezas en las panaderías y se quedaba dormido en cualquier librería de Reikiavik: la Huersfisgatif, por ejemplo.Y se arrastraba por el Distrito 101, el Centro de Reikiavik. Era un espectro ambulante que, al fin, tuvo que ser internado por sus recurrentes ataques de paranoia y delirios combinados con manía persecutoria.
El hombre que poseía un cociente intelectual entre 181 y 184 puntos, según la edición de ayer mismo de The New York Times, (cuando se considera superdotado a todo aquel que rebase los 130), aún mantenía una dirección de Internet que empezaba así: Us_is_Shit. O sea, y literalmente: "EE UU es Mierda". Y seguía llamando a los judíos con los mismos apelativos que les hubieran dedicado los miembros de las SS: Yids, Kikes, "sucios bastardos". Precisamente él: hijo de judíos.
Niño prodigio.
"Parece imposible que una persona tan inteligente pueda sostener ideas tan descabelladas", relataron a Leontxo García, el pasado verano en Reikiavik, fuentes directas del entorno de Fischer. Nadie en el círculo más cercano de Fischer tenía permiso para contar cosas de él a ningún periodista; en los años 80, en EE UU, Bobby había ido cortando lazos con algunos de sus mejores amigos... precisamente porque hablaron de él en los periódicos.
Uno de esos amigos, Ron Cross, escuchó de labios de Fischer cómo el campeón había removido de su dentadura las fundas e implantes metálicos, "porque en ellos se pueden instalar artilugios o chips para modificar tu pensamiento; hay un amigo que nota extrañas vibraciones a través de una placa metálica que le pusieron en el cerebro". Cross le hizo ver que, sin los implantes y fundas, se le podía caer la dentadura. Fischer replicó: "Masticaré con las encías".
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Cross contó a Los Angeles Times cómo Fischer no permitía que nadie en su presencia reconociese a otro campeón mundial de ajedrez que no fuera el mismo: "El campeón no ha sido Karpov. Y tampoco lo es Kasparov. Soy yo, pero los bastardos judíos y comunistas me despojaron del título". En la guía telefónica de Pasadena se había hecho quitar la "c" del apellido, dejándolo en "Fisher". Cuando alguien le telefoneaba, respondía: "No soy el campeón de ajedrez que busca, soy Robert Fisher, instalo televisiones por cable".
Un día de 1982, a la salida de la Biblioteca Pública de Los Angeles, en Hope Street, abordó a Bobby un camionero, Ben Lewis, que reconoció al genio. Lewis, con uniforme de camionero de reparto, quiso saludarle. "¿Cómo sé yo que no es usted un periodista? Muéstreme su DNI", le espetó Fischer. "¿No ve mi uniforme?", suplicó Lewis, que continuó: "Bobby, le admiro y quiero hablar con usted porque tengo dos hijos, de diez y once años, que están enamorados del ajedrez y de sus partidas. ¿Qué les digo...?". "Dígale a su mujer que no intente de hacer de ellos unos niños prodigio", le aconsejó Fischer, la defensa nimzoindia del hombre que nació con un cociente intelectual superior al de Einstein. El peor enemigo de Bobby Fischer fue Bobby Fischer. Y sólo la muerte pudo ganarle esta partida. Al fin, el Rey Maldito no era más que un pobre niño prodigio.