"Una mujer se suicidó cuando gané a Griffith"

Nino Benvenuti

"Una mujer se suicidó cuando gané a Griffith"

"Una mujer se suicidó cuando gané a Griffith"

reportaje gráfico: helios de la rubia

Nino Benvenuti es, como Dino Meneghin, Pietro Mennea, Livio Berruti o Nicola Pietrangeli, un monumento nacional de Italia. Icono del boxeo, y hoy comentarista de la RAI, Benvenuti fue oro olímpico en 1960 y titular mundial del peso medio entre 1967 y 70. Nino recibió a AS en Roma.

La frase o sentencia es de Muhammad Ali y preside este gimnasio donde nos encontramos, la Palestra Fiermonte, Viale Parioli, Roma. La frase o sentencia dice: "Los campeones no se hacen en gimnasios, están hechos de algo inmaterial que tienen muy dentro de ellos. Es un deseo, un sueño, una visión". Casi 37 años después de su último combate, el abandono en el Louis II de Mónaco ante la metralla de Carlos Monzón, los recuerdos de Nino Benvenuti son...

Que ahora me parece imposible hacer lo que he hecho. Como dijo Ray Sugar Robinson, todo fue un regalo de Dios.

(Lo dice suspirando, como hablando consigo mismo. Benvenuti vive muy cerca del Viale Parioli, una zona chic cerca del Estadio Olímpico y el Foro de Roma. Él habita en Via di Santa Constanza, junto a su segunda esposa, Nadia Bertorello, y Nathalie, la hija de ambos).

Todo parece desaparecer, Nino, y lo último ha sido el mismo 'ring' del viejo Madison Square Garden, aquél en el que el joven Benvenuti ganó el título mundial de los medios a Emile Griffith, el 17-4-1967. Fue el mismo ring de Ali y Frazier: lo han levantado y se lo llevan al 'Hall of Fame', en Canastota.

Ese fue el ring llamado El Templo de los Invencibles. En el Madison Square Garden hubo tres pabellones mágicos, cada uno con su cuadrilátero.El primero duró hasta 1925, el de Jack Dempsey y Firpo, ya sabe. A partir de 1925 llegó el Templo de los Invencibles, el que pisamos Joe Louis, Jake La Motta, Ray Sugar Robinson... y yo mismo. En una parte de ese ring que se ha ido, allí estaba yo. Ahora le toca a los de hoy, pero es para estar orgulloso.

Sólo el primer combate con Emile Griffith, el moreno de las Islas Vírgenes, aquella pelea en la que conquistó el título mundial de los medios, ya vale para llenar una vida...

Aún hoy, ese combate es la retransmisión audiovisual más seguida en la historia de Italia. Lo siguieron 20 millones de personas por RAI Due: por la radio. No se pudo televisar porque aún no había medios técnicos. Fue a las cuatro de la madrugada, y aún así hubo tantos millones de gente pegada a la radio. Cuarenta años después, aún me hace feliz ver a muchos italianos que me dicen que son hijos de aquella noche. Hubo tantos nacimientos, a los nueve meses de ese Benvenuti-Griffith... pero también hubo una tragedia. Hubo un suicidio.

¿Cómo fue?

Una mujer se suicidó cuando yo gané. Dejó escrito que la vida ya la había hecho suficientemente feliz con la victoria de Benvenuti, y que no esperaba más de la vida. Todos los días lo recuerdo y me pregunto cómo pudo suceder.

En realidad, el fervor nacional hacia Benvenuti había comenzado en 1960, en los Juegos Olímpicos de Roma y con los famosos combates ante Sandro Mazzinghi...

Los de Roma en 1960 fueron los mejores Juegos de siempre. Lo decimos todos los que vivimos aquéllo. Eran los Juegos de la maduración de nuestro país tras una posguerra durísima. Nos abrimos al mundo, casi como ahora creo que hará China. Fueron los Juegos de Armin Hary, Livio Berruti, Wilma Rudolph, la mejor selección de EE UU de baloncesto (Jerry West, Oscar Robertson...), los Juegos de Muhammad Ali y de yo mismo. Todos tan guapos. Simpáticos, felices. Llegábamos a la prensa. Nuestra familia había tenido que dejar Isola Istria, que ya era la Yugoslavia de Tito (después se llamó Izola, ya como parte de Eslovenia), todo por culpa de la guerra. Los Juegos fueron una redención para todos nosotros y para Italia.

Muhammad Ali...

Nos vimos hace poco. Imposible hablar con él. Es mi amigo, desde 1960. Pero ahora es como una estatua. Si su esposa Lonni está al lado, puedes hacer un esfuerzo para entenderte con él. Si no, es imposible, imposible (con firmeza). Ya ve: él, con la impronta que ha dejado en la sociedad. A él, a quien todos escuchaban. Es una figura como la madre Teresa de Calcuta, como Gandhi. No sé la fuente de sus poderes. Quizá debieran darle el Premio Nobel de la Paz por esa impronta social. Su compromiso con el pueblo negro le inscribe de lleno en la Historia

(En 1995, Benvenuti sirvió como voluntario en Calcuta, en el Hospicio de la Madre Teresa, entre rumores sobre su abandono del mundo material).

¿Es Ali el mejor de todos los tiempos?

De los más modernos, de la última época, tal vez. Pero la comparación absoluta entre épocas resulta imposible. Antes estuvieron Joe Louis, Ray Sugar Robinson... y éste era el que más me gustaba a mí, por su facilidad natural. Quería copiarle. Louis era más lejano.

Usted combatió con Luis Folledo, fue amigo de los mejores españoles de los años 60 y 70....

Luis Folledo, Il Mattatore, El Matador. (Sonríe). Lo digo porque peleaba y se movía como un matador. Bellísimo atleta. Fue en Roma, en 1965. Seis asaltos. Me costó mucho trabajo y pude cazarle con un buen gancho de izquierda, tras combinar con la destra assassina, pero Folledo tal vez no lo mereció. Tuve suerte, insisto, era duro, y en justicia fue un combate que pudo haber llegado a la decisión por puntos.

El mejor español...

Pedro Carrasco. El más inteligente de todos y con la mejor técnica para leer los combates. Fuimos amigos. Siento muchísimo que ya no esté con nosotros. Tampoco Urtain...

Llegó un día, tras Fullmer, Griffith, Rodríguez, en el que Benvenuti ya no era el mismo. E irrumpió Carlos Monzón, un puma de las Pampas...

Yo lo tenía todo, y Monzón venía llegando hacia arriba. Cuando gané a Griffith, yo estaba creciendo. Cuando llegó Monzón, el que crecía era él. Todos sus valores permanecían intactos

Después, Monzón acabó encarcelado por el homicidio de su esposa Alicia y tuvo un fin trágico, en 1995.

Me dolió muchísimo. Le visité en la cárcel de Junín, porque le apreciaba todavía más como persona. Siempre hizo lo que su sangre india le dictaba. Insociable, frío, duro, inadaptado. Podía haberlo invertido todo, pero no quiso. Respondía a su naturaleza salvaje: era como un indio selvático contra todos.