Vendetta italiana
Venció Bennati, que no ha sido convocado para el Mundial

Bennati no es Raúl, pero ayer gritó igual. Un día después de no haber sido incluido en la selección italiana para el próximo Mundial de fondo en carretera (Stuttgart, 30 de septiembre), Bennati sumó su segunda victoria de etapa en la Vuelta. También ganó un par en el Tour. Nueve triunfos en el total de la temporada. Pero eso no basta para entrar en una selección que históricamente rebosa egos y capitanes: Bettini, Petacchi, Di Luca, Cunego, Pozzato...
Desde que Bartali y Coppi protagonizaron una rivalidad épica que trascendió el deporte y dividió a una sociedad entera (tradición o progresía, democracia cristiana o socialismo), el ciclismo italiano no necesita a nadie para ser feliz. Por eso en el Giro les vale cualquier cosa, llano o montaña, rivales o amigos. Por eso nos miran raro a nosotros.
Ya es hora, por cierto, de que alguien escriba el guión de esa fabulosa historia de Bartali y Coppi, en la que se cruzó la Segunda Guerra Mundial, la persecución de los judíos, los campos de prisioneros y una Dama Blanca. El actor Adrien Brody sería un buen Fausto Coppi y la rudeza de Javier Bardem encajaría con la apariencia de Gino Bartali. El ciclismo necesita su Evasión o Victoria.
La furia de Benatti salvó la etapa que terminaba en Talavera, ciudad natal de Álvaro Bautista y adoptiva de Gwyneth Paltrow. La injusticia que reclama el ganador nos sirvió para distraer la penuria que arrastramos. Porque nosotros no somos italianos, aunque ya nos gustaría (excluyo a Bettini).
Ya que lo mencionamos, el campeón del mundo fue noticia por algo más que su segundo puesto. La organización, advertida de que Bettini se retiraría después de la etapa, le autorizó a vestir por última vez el maillot arcoiris, en lugar del preceptivo jersey por puntos.
Se comprende que el Grillo sienta nostalgia del maillot de campeón del mundo, que en breve le arrebatará Freire, pero su empeño por librarse del liderato de la regularidad ha sido un poco chusco. Si yo fuera la Vuelta (y algo soy) se me quedaría cara de mocita abandonada. Pensaría que me quieren sólo por mi dinero. O ni eso.
El triunfo de Benatti también fue el éxito del Lampre, un patrocinador que cumple su octava temporada en el ciclismo. Es reconfortante esta fidelidad en una empresa de planchas metálicas. Y es fantástico que hasta una marca de salami se sume al apoyo del equipo.
Los motivos de los patrocinadores también dan para una película o documental. En los años 20 corría un equipo llamado Lucifer (una marca de bicicletas) y a finales de los 50 se fundó el equipo Tricofilina Coppi, que no promocionaba un tipo de penicilina contra las ladillas, sino una marca de brillantina. Bahamontes lució ese maillot.
Desigualdad.
El recuerdo de los viejos tiempos nos ilumina el panorama, pero conviene regresar al mundo. La etapa de ayer fue la décima oportunidad de victoria para los velocistas (han aprovechado ocho). Entretanto, los escaladores han tenido sólo tres ocasiones de lucirse (incluyo Granada). La desproporción atenta contra el espectáculo y la equidad más elemental. Estamos haciendo (también el Tour) un ciclismo para sprinters cuando el público reclama otras emociones.
Hoy la carrera debería reactivarse. Hay una tradición de grandes etapas camino de Ávila, aunque esta vez el recorrido vuelve a parecer edulcorado, pues el puerto de Primera llega muy pronto y el de Segunda, también. Concretamente a 30 kilómetros de la meta.
Nuestro único consuelo es que si hay batalla podría ser prodigiosa, como lo fue la exhibición de Hinault en 1983. En Ávila también ganó otro francés ilustre: Fignon. En aquella época los campeones no se escondían.
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