Arriba Colombia
Por fin una fuga consiguió cuajar en la Vuelta a España. Y el premio fue para Leonardo Duque, colombiano del Cofidis, que venció al sprint a Alexandre Kolobnev (CSC) y Joan Horrach (Caisse d'Epargne). En la general no hubo cambios. Menchov viajó tranquilo con el control del Rabobank.

El ciclismo colombiano es fundamental. Tanto como el suizo o el holandés. Tanto como el francés. Desde que en 1980 Alfonso Flórez ganó el Tour del Porvenir, los colombianos han sido un espectáculo y una referencia. En 1983 debutó en el Tour de Francia el primer equipo colombiano; Edgar Condorito Corredor fue quinto en la general. Un año después, Lucho Herrera ganó en Alpe d'Huez y en 1985 se coronó rey de la montaña. Dos años más tarde ganó la Vuelta. En 1988 Fabio Parra acabó tercero el Tour, tras Rooks y Perico. Álvaro Mejía fue el mejor joven en 1991 y cuarto en 1993. Hasta que llegó la peste europea y sólo sobrevivieron Botero (cuarto en 2002) y Víctor Hugo Peña, dos colombianos que no lo parecían, uno rubio y otro llaneador.
Ahora sabemos que si hay escarabajos en las montañas significa que funciona el ecosistema del ciclismo, su equilibrio natural. Y si faltan ellos, algo sucede. Algo malo. Por eso fue tan buena noticia la irrupción en el pasado Tour de Juan Mauricio Soler, ganador de etapa y rey de la montaña. Fue un síntoma de los nuevos tiempos.
Y por eso hay que celebrar también el triunfo en la Vuelta del colombiano Leonardo Duque, 20 años después de que Lucho Herrera lograra la victoria en la general, por delante de Dietzen (ahora director del Gerolsteiner) y Fignon.
Es cierto que el triunfo de Duque fue al sprint (ante dos rivales), pero se acepta como símbolo. Además, en esta Vuelta no hay montañas para presumir ni de colombiano ni de toledano. Todo es una serranía de pinos y olivos, buen terreno para ser toro de Osborne, pero malo para ser ciclista.
Aunque su físico le haría apto para las montañas (1,70), Leonardo Duque, que reside en Bélgica, ha derivado de la pista a especialista en el embalaje, quizá para adaptarse a la cruda modernidad. Ya fue tercero en Santiago de Compostela y desde entonces tuvo claro que una escapada debía despejar de enemigos sus opciones y su talento.
Cuando la fuga que nació con 17 ciclistas se redujo a sólo tres, Duque se señaló como el principal favorito. Los ciclistas se conocen. Y tanto el ruso Kolobnev como el mallorquín Joan Horrach sabían que estaban ante un mal cliente. El colombiano no es un velocista puro, pero hasta los velocistas impuros son candidatos a ganar cuando el grupo se reduce tanto.
El protocolo del sprint fue verdaderamente emocionante. Kilómetros antes de la llegada, Duque trató de escaparse varias veces, porque le podía el ansia. Y en cada ataque, el ruso Kolobnev se encontró solo ante el peligro. Eso pudo concluir de sus miradas a Horrach. El español parecía jugar una arriesgadísima partida de póker, donde cada farol le dejaba tan cerca del precipicio como de la victoria. El ahorro de fuerzas suele ser determinante en este tipo de situaciones y si Horrach mantenía el pulso tendría mucho ganado.
Desenlace.
En ese orden y con ese espíritu se presentaron en la meta los tres de cabeza: Duque ansioso, Kolobnev desesperado y Horrach serio como Terminator. Hubiéramos apostado por nuestro nacional, como llaman los colombianos a los compatriotas. Y hubiéramos perdido. Porque cuando Duque lanzó su ataque definitivo, sólo el ruso hizo el intento de seguirle. Horrach se quedó clavado, porque lo suyo no era sesuda y malvada estrategia, sino falta de fuerzas y resignación cristiana. Así de simple.
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Antes de ese final hubo un corredor heroico que luchó sin descanso y terminó sin premio: José Ruiz. El ciclista del Andalucía, cortado después de tantos ataques en cabeza, se fajó por enlazar con los tres de arriba. Le faltaron diez metros y algo de colaboración. En el último gran repecho de una jornada que los tenía a millones, Ruiz llegó a divisar y hasta oler el Agua Brava de los escapados. Pero una arrancada de Horrach dejó sin opciones a los perseguidores.
El pelotón apareció a 7:43 (sin Cunego), dirigido por los Rabobank, que viven plácidamente, sin nadie que les pregunte siquiera. Hay enemigos, pero no se mueven. Como los toros de Osborne.