Sin novedad en el frente
Petacchi logró su segundo triunfo de etapa. No cambia nada

Cuando en la Vuelta se debate sobre el beneficio de correr en septiembre o hacerlo en abril, como era tradicional, significa que la carrera se nos ha traspapelado. El cambio de fechas, que cumple en esta edición doce años, es un asunto recurrente cuando el interés decae. Y el interés ha decaído demasiado pronto esta vez: a falta de diez días para el final, la general parece decidida y los italianos se reparten las incontables etapas llanas. Ayer, Petacchi logró su segundo triunfo consecutivo, al imponerse a Bennati.
Desde luego que el cambio de fechas no ha ayudado en nada a la Vuelta. A la carrera le perjudica desde el calendario hasta los paisajes. A estas alturas de la temporada, la mayor parte de los grandes ciclistas han cubierto sus objetivos y la Vuelta, admitámoslo, no se percibe como una oportunidad de salvar el año. Si a eso le añadimos un decorado árido y seco, opuesto a la explosión de naturaleza que exhibe el Tour, el resultado no puede ser más descorazonador. Todo esto, sin comentar el efecto demoledor que tienen los permanentes escándalos de dopaje.
En estas condiciones, para el ciclismo la buena noticia tiene que ser la cantidad de supervivientes, el generoso número de irreductibles que se resisten a abandonar. Y hablo de los aficionados que no se rinden, pero también de la prensa que no ceja. Hasta en los peores momentos, se activa un deseo casi infantil por ilusionarse. Y aunque se echan en falta tiempos mejores (hasta climatológicos), se acepta lo que nos toca.
Belgas. La etapa de ayer fue un calco de otras muchas. Así que hubo que rastrear un héroe. Y descontado Petacchi, el resumen de esfuerzos y antecedentes nos señaló al belga Philippe Gilbert. Presente en cada escaramuza, este ciclista de 25 años no quiso dejar morir su fuga junto a otros cinco corredores sin marcarse un último ataque furioso, tan espléndido como inútil. Es reconfortante tropezarse con deportistas así y, teniendo a Boonen entre bambalinas, es estupendo encontrar otros ciclistas belgas, como Gilbert o Devolder.
Y es que los belgas, además de compartir nacionalidad con el dios caníbal, han estado íntimamente ligados a la Vuelta. Belga fue el ganador de las dos primeras ediciones, Gustave Deloor, y fue un compatriota suyo, Antoon Dignett, quien vistió por vez primera el maillot de líder, entonces de color naranja. Ignoro por qué en lugar de apostar por el jactancioso maillot oro (al final, de efecto anaranjado), no se recuperó un color que nos distinguiría con más gracia del Tour.
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Otro belga, Freddy Maertens, mantiene todavía el récord de etapas ganadas en una edición: trece. Lo consiguió en 1977, cuando además de la general conquistó el maillot por puntos. Si ahora nos deprime el dominio de Menchov, no quiero imaginar cómo se sentían los seguidores españoles entonces. Se demuestra que ser aficionado al ciclismo es un ejemplo de fanática resistencia.
Supondrán ya que la etapa de ayer no tuvo una gran historia. De hecho, las noticias se concentraron en el primer momento y en el último instante. Piepoli, líder de la montaña, no tomó la salida por algunas complicaciones en el parto de su mujer. Eso permite a Serafín recuperar un maillot de color cambiante. En la última recta volvimos a dar un respingo. Después de un acelerón salvaje del T-Mobile que provocó una verdadera sangría (se quedaron Boonen y Bettini, entre otros), Zabel volvió a conducir a Petacchi hacia la victoria. Su alegría de niño con zapatos nuevos se multiplicó cuando encima le regalaron un tambor. La Vuelta aterrizaba en Hellín y es una costumbre muy española agasajar al visitante con los productos locales. Lástima que a los productos no podamos añadir, de momento, ciclistas locales. Porque nos falta un tambor.