Ciclismo | Vuelta 2007

La Vuelta a Siberia

Menchov ganó y casi dicta sentencia a falta de once etapas

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Indurain puso de moda el reparto de victorias de etapa entre sus enemigos, y hubo quien lo entendió como una estrategia sutil que reclutaba aliados para cuando pudiera ser necesario, que era casi nunca. Personalmente, siempre lo vi como un acto de generosidad que tenía mucho más que ver con el buen carácter que con la sesuda estrategia. Y nada se puede oponer contra los corazones desprendidos.

El caso es que cuando otros campeones intentaron imitar a Indurain resultó fatal. Nadie los creyó ni buenos ni estrategas. Parecían prepotentes. Le ocurrió a Armstrong. Y lo sufrió Pantani, recordarán.

Así que una vez retirado Indurain (bueno en todos los sentidos), agradezco que los campeones se comporten de modo convencional, ambiciosos y glotones. Además, me gusta el estruendo intimidatorio que se produce cuando un ciclista gana una etapa vestido de líder. Hay algo hermoso en esa foto, algo glorioso.

Menchov venció en Andorra de esa manera. Después de un sinfín de aventuras, batió al sprint al grupo de aspirantes, que ya no diremos favoritos. No hubo arrogancia en su gesto, ni crispación. Ganó con facilidad, con tiempo para levantarse y observar el mundo desde arriba.

El triunfo, que era incontestable, fue contestado por Carlos Sastre. El abulense acusó a Piepoli de trabajar para el líder, a costa incluso de sacrificar sus opciones de etapa. Las declaraciones sorprendieron por doble motivo: porque Sastre suele ser prudente y porque no se apreció ninguna ayuda del italiano al ruso.

Es verdad que Piepoli tiró del grupo cabecero durante largos ratos, pero no hay razones para creer que no lo hacía en beneficio propio, para descolgar rivales y rematar después. A eso hay que añadir que a los tres ataques de Sastre, más efectistas que efectivos, respondió Menchov en primera persona y sin despeinarse el flequillo. Sin pruebas visuales y sin recompensa aparente (ganó el líder), la teoría de la conspiración se desactiva por sí sola.

Y tampoco hubiera sido tan grave. Las alianzas son viejas y no es raro descubrir a ciclistas de atrezzo que se exprimen en busca de objetivos difusos. Pero el problema no es ese.

El problema es que a falta de once etapas la Vuelta parece decidida, salvo accidente inesperado. Y entiendo que eso irrite a Carlos Sastre, hasta el punto de disparar a los gorriones, y Piepoli lo parece. Pero Sastre no debe torturarse ni torturar: el diseño de la carrera favorecía esta situación y estos tres primeros clasificados, dos rusos y un belga.

Esperanza.

Sin embargo, no insistiré más en esta combinación de bromuro y vodka que es el recorrido de la Vuelta a España. Si algo tiene el ciclismo es la capacidad de cambiar el panorama. Lo hemos visto no pocas veces. Basta una colina canalla, un mal viento o un buen laboratorio.

A la espera de esa oportunidad incierta quedan Efimkin (la revelación), Evans, Sastre y, algo más lejos, Samuel Sánchez. Ellos escoltaron a Menchov en la meta de Arcalís, acompañados de Piepoli y Beltrán. Este último fue el héroe sin premio. A sus 36 años, el jiennense permanece con absoluta dignidad entre los mejores. Ayer atacó en busca del triunfo de etapa, pero quizá calculó mal las distancias y pagó el esfuerzo.

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En cualquier caso, reconforta comprobar que después de los mil mares que ha navegado el ciclismo, hay corredores (como Beltrán o Piepoli) que siguen siendo tan buenos como hace diez años.

En el fondo, ayer ocurrió lo esperado: Freire se retiró, Menchov se confirmó y la Vuelta se congela. Hoy es jornada de descanso, eso que nos sobra a los que miramos.

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