Menchov es el jefe
Piepoli venció en Cerler y el ruso es el nuevo líder de la carrera

La primera característica del buen enemigo es que no se le entienda nada. Desde la incomunicación se construyen las rivalidades feroces. Así, con el tapón en las orejas, nos resulta más fácil interpretar los gestos del otro. Si el tipo ríe, se burla; si calla, otorga. Eso nos permitió odiar (deportivamente) a Caritoux o Robert Millar (hoy Philippa York, quizá por nuestra incomprensión) y por esa misma razón nos resulta imposible sentir animadversión alguna por Menchov, el líder ruso. Vecino de Pamplona desde 1998, Menchov habla un castellano austero que al visitante accidental le impide distinguir si nació ruso o tímido.
La situación es dramática, porque anestesia nuestros volubles sentimientos. Sin posibilidad de amar (de vencer), uno espera que se le permita odiar, para seguir dando saltos. Pero no. Ni ganamos ni perdemos. Menchov domina cómodamente la carrera y los nuestros observan de lejos, sin acercarse y sin despeñarse.
Los equipos españoles que apuestan por jóvenes talentos extranjeros deberían saber que hay amores imposibles. Sucedió con Zülle o Jalabert, y ha ocurrido con Menchov o Karpets, y ahora con Efimkin. El ciclismo no es el fútbol y el aficionado (excepto Alix) no se entrega a más héroes que los locales. Cuando esos corredores abandonan los equipos españoles entran en un limbo de afecto y lejanía: ahí se sitúa ahora Menchov.
Pero vayamos por partes. Antes de caer en el desencanto existencial se corrió una etapa que no consiguió rescatarnos de nuestra depresión post-crono. Había montaña, es cierto, pero ni las carreteras ni el trazado favorecían las hazañas. Lo intentaron varios fugados, entre ellos Marchante, pero les faltó océano. Y olas.
La consecuencia es que los favoritos se agruparon en la subida, acompañados, y esta es la sorpresa, por un buen número de ciclistas teóricamente modestos. Así, entre Menchov y Sastre, se colaron Serafín, Castaño, Moreno o Mosquera. Su presencia fue refrescante y sirvió para agitar la escalada.
Devolder fue el primero en pagar el pato. El líder era de mantequilla y tendrá que seguir su vida de ciclista completo en busca de objetivos menores y carreras más pequeñas. Porque cedió demasiado pronto, aplastado por la presión.
Cuesta.
En el grupo de los mejores, CSC cumplió el plan de las grandes ocasiones: Íñigo Cuesta empezó a tirar y a descolgar corredores. Sastre no se oculta ni cuando le escasean las fuerzas. Y eso le ocurre: no está mal, pero no está fino. Sólo así se explica que Menchov y Piepoli se marcharan por delante, en busca de la Vuelta y de la etapa. Por detrás, a 17 segundos, Sastre se retorcía en compañía del gallego Mosquera. Tras ellos, a un minuto de la cabeza, circulaba un grupo con Evans, Efimkin y Samuel Sánchez.
Llegaron en ese orden y en esos tiempos. Piepoli ganó sin oposición de Menchov y sumó una nueva victoria a sus 35 años (uno menos de los que tendría Pantani). Y el ruso de Pamplona se vistió de líder. Su compatriota Efimkin se aleja en la general a 2:01 y Evans se coloca a 2:27. Sastre ocupa la cuarta posición, a 3:02.
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Hoy, camino de Andorra, se espera un guión parecido. Menchov está fuerte y su único punto débil se divisa en la tercera semana, cuando suele flaquear. Lo hizo en la Vuelta 2005, cuando cedió ante Heras (luego descalificado), y repitió en el Tour 2006, cuando se desinfló tras lucirse en Pla de Beret. El problema es que en esta Vuelta apenas hay dificultades en la tercera semana.
Ayer hubo sol, pero no fue un día luminoso. Pereiro se retiró y se llevó el carisma. Como no hay enemigos, los buenos se caen sin que nadie les dispare. Ay, Philippa.