Freire hace doblete
La Vuelta ha arrancado animada y con sustos. Si Freire fue la cara de la jornada al conseguir victoria y liderato, la cruz la protagonizó Pereiro, que llegó con dolores en la cadera después de verse envuelto en la montonera que cortó el pelotón a falta de tres kilómetros para la meta.

En un país acostumbrado a los campeones de tres semanas, Freire es un héroe extraño. La constancia de sus triunfos le convierte en un protagonista habitual, pero ni eso le alcanza para ser un robasiestas, uno de esos ciclistas que arrastran a los aficionados circunstanciales.
Los puristas piensan que es un problema de cultura ciclista. En el norte de Europa corredores como Freire, Boonen o Bettini son reconocidos como figuras de primer nivel, a la altura de los campeones de larga distancia. En los gustos influye la tradición. La Lieja-Bastoña-Lieja nació en 1892, doce años antes que el Tour, que también es siete años más joven que la París-Roubaix.
El asunto no es nuevo. Miguel Poblet, uno de los corredores más brillantes del ciclismo español, también se encontró con el problema de nacer en un país de escaladores. Celebrado en España, en Italia fue idolatrado y fue en equipos italianos donde hizo carrera.
Freire sigue esos pasos, concentrado en los desafíos del viejo ciclismo. Sus apariciones en Tour y Vuelta parecen más una concesión a los patrocinadores que un verdadero reto personal. Su mente está en otro sitio, en batir los records que se apuntan con cincel y se guardan en barrica de roble. Eso valdría su cuarta victoria en el campeonato del mundo, algo que no ha logrado nadie jamás, ni Merckx.
Camino de ese objetivo, Freire ganó en Santiago y se vistió de líder por primera vez en una gran vuelta, algo que quizá nos alegra más a sus incondicionales que a él mismo. Su victoria, como las 46 que acumula, fue aparentemente sencilla, sin desgarros ni alharacas. Así se descubre también el talento: en la facilidad para lograr con un pestañeo lo que a otros cuesta un riñón.
Bettini, actual campeón del mundo, fue segundo, lo que confirma que la llegada era para listos, antes que para velocistas.
Riesgo.
Pero el final de la jornada añadió otro tipo de emociones fuertes. Dentro de los tres últimos kilómetros (ya sin penalización de tiempo) una caída en el primer tercio del grupo quebró el pelotón y dejó por delante a los sprinters y sus lanzadores. El accidente, que derribó entre otros a Bennati, perjudicó especialmente a Pereiro, que llegó a meta con dolores en la cadera. No parece grave, pero nos hace temer, porque mañana mismo se subirán los Lagos.
Cunego, damnificado el día anterior (cinco puntos de sutura en la rodilla izquierda), completó la etapa en la cola del pelotón, lo que le salvó del susto final. Llegó vendado, pero vivo. Parece un hecho que en la Vuelta se reparten espadas de Damocles entre los favoritos.
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Como en Vigo, los modestos acapararon el foco durante la jornada. La escapada no pudo tener un carácter más nacional, ya que desde los primeros kilómetros se fugaron García, Vázquez y Domínguez. A ellos se unió en el último instante Gómez. Un Relax, un Andalucía y un Karpin Galicia. Después, un Saunier. Los españoles somos educados cuando nos invitan a una fiesta.
Cuando se divisó la Catedral de Santiago, Freire aceleró y ganó. Tal vez no sea un ciclista, sino un historiador.