Atletismo | Mundiales de Osaka

Mayte Martínez gana el bronce en un final épico

La vallisoletana dio en 800 metros la segunda medalla a España

<b>EL SABOR DEL TRIUNFO. </b>La vallisoletana Mayte Martínez, envuelta en la bandera de España, celebra la medalla de bronce de los 800 metros. Su sonrisa lo dice todo.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

Esta crónica se podría empezar hablando del pensamiento, la flor violeta de Valladolid que adorna la segunda medalla española en Osaka. Pero uno no puede sustraerse a otros pensamientos algo más prosaicos, del mismo acero dulce del que está hecha Mayte Martínez. "La especie humana puede conquistar cualquier cosa con disciplina, deseo y racionalidad. Encuentra tus debilidades, trabaja en ellas y sigue trabajando en ellas, hasta que logres lo que te propones". Eso lo dijo Bob McNamara, secretario de Defensa con los presidentes John F. Kennedy y Lyndon Johnson. Esas ideas en una mente superdotada no le valieron a McNamara para conquistar Vietnam. Pero esos pensamientos, metidos en un pensamiento de Valladolid, llevaron a Mayte Martínez hasta su noche más hermosa.

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Pese a las arengas de Juan Carlos Granados, su marido y entrenador, Mayte se presentía débil, pequeña, ante mujeres que convierten el mediofondo en cumbres borrascosas o en partidas de caza: Janet Jepkosgei, la nueva perla keniana de la tribu keiyo, campeona mundial júnior y campeona de África. La imponente rusa Kotlyarova (1,85, campeona de Europa en Gotemburgo 2006), la marroquí Hasna Benhassi, campeona mundial indoor en Lisboa 2001. Y, al fin, María Mutola, vieja leona de las selvas de Mozambique. Y no es una figura literaria, sino la realidad: Mutola, que a los 34 años ha ganado todo lo que se puede ganar en el atletismo, nunca cortó los vínculos con el mundo rural de su tierra, Maputo. Y su ídolo siempre fue Eusebio da Silva, aquella pantera negra del gran Benfica de los años 60, de Lourenço Marques...

Mayte, a lomos del Pegaso que lleva tatuado en el hombro, halló sus debilidades y, como aconseja McNamara, se metió con ellas en la piel de una carrera brutal. Una final feroz. Jepkosgei, joven y felina, arrancó con la idea fija de mandar en aquella jungla y no dejar el mínimo resquicio a las garras desgastadas de Mutola. Cuando la keniana y la supercampeona libraban una refriega salvaje en cabeza que nunca abandonó Jepkosgei (56.16 en el 400, media carrera), Mayte iba visualizando su carrera en una frase muy meditada: "Ir recogiendo cadáveres". Ya en la calle libre, había seguido una de las pistas buenas, la de Hasna Benhassi. Kotlyarova, aislada, se desgastaba en el fragor de la batalla sorda entre africanas. A falta de 150 metros, y a distancia de golpeo, Mayte ya iba recogiendo cadáveres: Klyuka, Usovich, Langerhoc... y a la salida de la curva, asomaba la recta y explotó la pierna izquierda de Mutola, derrumbada como por un disparo. El réquiem por la vieja leona despejó el camino del oro a Jepkosgei, la plata para Benhassi... y abrió una gloriosa recta para Mayte, que pasó como un cohete a Kotlyarova, desfondada. La altísima rusa cayó de rodillas en la meta, casi a cámara lenta, cuando ya Mayte se bañaba en bronce. Jepkosgei firmó la mejor marca mundial del año, y Mayte la segunda medalla de España: había convertido su debilidad en rebeldía, con disciplina, racionalidad y deseo. Y así, el pensamiento de Valladolid conquistó la gran medalla de Osaka, como un Pegaso de bronce. La paloma Mayte había mutado en halcón, y a Mutola la sacaban en camilla. Esta vez ganó la racionalidad del pensamiento de acero.

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