Altas montañas, valles profundos, desiertos...
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La seda fue la más aristocrática de las fibras, la que vistió a emperadores, reinas y princesas. Ha pasado a la posteridad por dar nombre a la más famosa de las rutas comerciales. Su nombre se lo dio un geógrafo alemán en la época moderna aunque ni fue una sola ruta, ni sirvió únicamente para transportar seda. Pero la Ruta de la Seda ha entrado en la categoría de esos nombres legendarios capaces de evocarnos aventuras. Por eso iniciamos este largo camino, uniendo las ciudades de Islamabad con Dunhuang, en el desierto de Gobi y puerta de entrada del antiguo imperio chino.
Igual que ayer, la ruta sirve para comunicar pueblos, culturas y religiones, para transportar mercancías y también sigue con su halo de aventura. En el camino se interponen las montañas más altas de la Tierra, valles profundos, estepas y desiertos. Es posible que las carreteras, en especial de la zona china, hayan ayudado a cambiar la antigua idea romántica de aquella vieja ruta que llegó a unir el imperio romano y el chino. Pero aquella ruta sigue siendo hoy el motor fundamental para el desarrollo de la zona norte de Pakistán (donde todos nos jugamos mucho. Si cae en manos de los radicales islamistas, el mundo vivirá una situación de convulsión imposible de imaginar). Y también de la zona oeste de China, lo que antaño se llamaba el Turquestán chino. Pero he logrado entender algo: los camioneros pakistanos son los mismos hombres que conducían las caravanas a través de valles angostos. Kirguises, uigures, tayicos y kazajos, siguen vendiendo sus alfombras, hechas a mano con la fibra más noble, en el mercado de Kashgar.