Ciclismo | Tour de Francia 2007

El primero de Contador

Sufrió en la crono, pero confirmó su victoria por 23 segundos. Cadel Evans mantiene la segunda plaza. Cuatro españoles entre los seis primeros de la tabla

Contador.
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Fue muy sufrido, pero muy real. Y eso es lo importante. Tres ciclistas lucharon por ganar la carrera y, finalmente, la general quedó resuelta en un margen de sólo 31 segundos. Sin marcianos ni astronautas, sin superhombres. Un muchacho de Pinto, un australiano introvertido y un americano calvo. Gente. Jamás los tres primeros acabaron en una distancia tan estrecha. Claro que nunca hubo un Tour igual. Leipheimer fue el primero en la crono y la victoria definitiva corresponde a Alberto Contador Velasco, el príncipe, el portador del anillo. Ganador virtual. Virtual de virtud.

Ya nada será igual, y esa es la esperanza. Contador ha ganado el Tour y ha perdido el anonimato. Y mucho más que eso. Si acepta la invitación del destino, dejará de ser un ciclista para convertirse en un referente, en el símbolo de los nuevos tiempos, en el Kennedy del ciclismo.

Hace años que este deporte necesita un líder, alguien con autoridad moral y deportiva para iniciar el cambio, para reclutar conversos y para convertir a todos. Se pueden desplegar gendarmes y expertos de la NASA, pero el ciclismo sólo se cura desde dentro, desde la aceptación del error, primero, y la voluntad de rectificar, después. Pereiro pudo ser el Espartaco del que hablamos, pero se enredó en los conocidos victimismos y por allí anda perdido todavía, disparando contra el Tour.

Así que la esperanza de Alberto Contador trasciende la esperanza deportiva y le obliga a tratar asuntos delicados, a medir las palabras o a lanzarlas, según. Comprendo que la responsabilidad es abrumadora, pero sucede en los momentos de crisis que alguien, de pronto, por méritos o por descartes, o por ambas cosas a la vez, le pone cara a la revolución y le toca culminarla. De momento, le dejaremos la próxima semana para disfrutar de la victoria.

Doble peligro.

Sin duda, es una buena señal que Contador ya reparta sonrisas como rajas de sandía. Atrás quedó la gravedad de su primer maillot amarillo y atrás quedó Rasmussen, al que nadie echa en falta, ni en México ni en Los Dolomitas. Si la alegría era condición indispensable, en esta lucha por la credibilidad también resultaba necesario que el líder pasara apuros. Y vaya que si los pasó.

Baste con decir que durante la contrarreloj de ayer hubo un momento en que dejaron de cantar los pájaros, los exteriores y los interiores. Sucede cuando algo terrible se avecina. El anuncio es la ausencia de anuncio, de ruido. Y en este caso la amenaza era doble: Evans y Leipheimer. Si el australiano recortaba tiempo peligrosamente, el estadounidense lo hacía de forma voraz, acoplado en su bicicleta de modo que sus brazos se juntaban sobre el manillar de triatleta como si en lugar de cortar el viento estuviera rezando. Debería saber Leipheimer que los milagros ya no valen, son ayudas externas.

Frente a esa marea, Contador, con viento a favor, pareció más ligero que nunca, un puro escalador que hacía temblar su bicicleta, incapaz de engancharse en el raíl de los especialistas. Pronto perdió un minuto y la sombra del desfallecimiento o del estornudo hizo temblar los pronósticos y nuestros corazones. Es una lástima que la tecnología nos prive de los gritos de los directores, porque habría resultado muy interesante escuchar los mensajes de Bruyneel y Armstrong desde el coche del Discovery. Imagino que uno daría indicaciones y el otro consejos que no se pueden rechazar.

Sólo en los últimos kilómetros pudimos respirar tranquilos. La conclusión nos deparó un desenlace más lógico y los defensores, aunque con bastante sofoco, se impusieron a las amenazas. A pesar de la exhibición de Leipheimer, que logró su primera victoria en el Tour, Contador salvó el triunfo por 23 segundos y Evans la segunda plaza por ocho. Liberado de la tensión acumulada, el líder alzó los brazos nada más cruzar la meta. Hay gestos que distinguen a los campeones. Hay fotos que son suyas.

Antes de la guerra que incumbía a la general, se disputaron otras batallas que tenían como objeto reconocer a los diez primeros de la clasificación final. En este caso, el protagonismo volvió a ser español porque Sastre, Zubeldia y Valverde conservaron sus posiciones y completaron una fabulosa e inédita tacada de cuatro españoles entre los seis primeros. Mientras Sastre y Zubeldia repiten su mejor puesto histórico, conviene destacar la sexta plaza de Valverde en el primer Tour que finaliza. Su resultado es notable, y lo es más si tenemos en cuenta que su papel en la carrera ha sido secundario. Sin embargo, nada contribuye a resolver nuestra duda existencial: ¿Es Valverde un ciclista para grandes vueltas? Aunque decepcionado con su actuación, yo lo sigo creyendo. Espero que él también.

Astarloza y Pereiro son los otros españoles en el top ten, condición que confirmaron ayer con una contrarreloj magnífica, muy por encima de lo previsto. El ciclista del Euskaltel ha sido, a sus 27 años, una de las revelaciones del Tour y del gallego hay que admirar su compromiso absoluto con la carrera, aunque le ha tocado correr alejado de los focos. Pereiro ha demostrado que el año pasado no recibió tantos regalos como algunos pudieron pensar. Se trata de un estupendo ciclista cuyo crecimiento le hace apto para ganar la Vuelta.

Con consenso.

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Hoy, camino de París, será el momento de desfilar y analizar lo que pasó y lo que puede ocurrir. Lo más importante para el ciclismo es que el Tour tiene, muchos años después (quizá desde Indurain), un campeón de consenso al que nadie pone en duda y a nadie ofende. Un campeón, por cierto, que por edad y talento podría enlazarse con otros, con los más grandes. Se da la curiosa circunstancia de que aquellos que ganaron cinco Tours siempre coincidieron en activo son su sucesor, de manera que Anquetil se encontró con Merckx, este lo hizo con Hinault, el francés con Indurain y el navarro con Armstrong. Hace dos años, cuando el americano ganó su séptimo Tour, Contador estaba en carrera. Quizá él sea el siguiente eslabón.

Pero antes de fantasear toca disfrutar de la realidad, de ese paseo hasta París que incluye brindis con champán, fotos con el resto de maillots y, como guinda, un acto en los Campos Elíseos que sitúa al ciclismo en la cumbre de la escenografía mundial. Allí sonará el himno español y desde allí se debe iniciar el rescate de este deporte.

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