Golpe de Contador
Ganó en Plateau de Beille y sólo Rasmussen resiste su empuje

Alberto Contador Velasco nos conectó ayer con las hazañas de Pedro Delgado, esas que hace 20 años unieron nuestro entusiasmo a sus arrancadas y nuestra felicidad a la suya. Se trataba de proezas, lo recuerdo bien, que acumulaban dificultades para resolverlas después o intentarlo, gestas que dependían, en el último instante, de su habilidad como escalador. Vivimos más alegrías y otras penas, pero nunca fueron iguales.
Contador no sólo atacó ayer como Perico, con la determinación de un especialista. Incluso repitió sus gestos. Así, en plena ascensión, se dejó caer, y cuando temimos el desfallecimiento, recuperó primero el ritmo y la agresividad después.
Su actitud atacante y generosa nos brindó una etapa inolvidable que encontró en Rasmussen el complemento perfecto. Todo protagonista necesita de un antagonista y eso nos faltó durante el reinado de Armstrong. Fueron tantos veranos de dictadura que olvidamos lo hermoso y competido que puede ser el ciclismo entre humanos.
La subida a Plateau de Beille resultó majestuosa. Con los favoritos reunidos, Contador y Rasmussen encadenaron ataques y contraataques que destrozaron las fuerzas de sus enemigos. Klöden fue el primero en hacer la goma y Evans el último en descolgarse.
Una vez solos en cabeza, el líder y el mejor joven continuaron subiendo a relevos, devorando kilómetros y porcentajes. Entonces sucedió algo que nos permitió descubrir que el adversario y el malvado son la misma persona. Rasmussen, tocón y sonriente, ofreció la etapa a Contador a cambio de una colaboración que ya se producía. Se trataba una falsa magnanimidad que asignaba los papeles de jefe y meritorio. Y algo peor: era un engaño.
A un kilómetro de la meta Rasmussen aceleró para desprenderse del chico, que resistió a su rueda y le superó en la última recta. Al final todo salió bien y la afrenta nos servirá de estímulo. No hay amigos.
Llegados a este punto, el Tour debería ser cosa de dos: Contador y Rasmussen. Y lo afirmaríamos rotundamente si no fuera porque las montañas son todavía muchas y demasiado altas. Y las fuerzas fallan. Por eso, cada día cae uno, o varios. Ayer Vinokourov perdió 28:50 y se despidió del Tour, quizá para siempre. Valverde, por su parte, confirmó su depresión al ceder 3:45. Y algo parecido sucedió con Mayo, que regaló 9:31 después de que su equipo trabajara para él durante buena parte de la etapa. Nadie le conoce, ni él mismo. Moreau, aquel francés, llegó a meta a 34:52.
Agotados.
Por delante, las diferencias entre los mejores fueron mucho más escasas. Leipheimer se presentó a 38 segundos y Sastre a 53. Evans y Klöden dejaron escapar 1:52; Kashechkin, 2:23. No es mucho, pero a estas alturas no se intuye margen de mejora en los perseguidores. Al contrario, el cansancio va en aumento. Y la montaña continúa.
Así que salvo una escapada selecta y un error estratégico, no queda más amenaza que la resistencia propia y el enemigo que miente.
El siguiente paso es recortarle tiempo a Rasmussen. De ganarle un minuto, Contador afrontaría la última contrarreloj a 1:20 del liderato, justo en el límite de los milagros posibles (en Albi le sacó 38 segundos). Pero si no queremos depender de la inestable cabeza del pollo, hace falta algo más.
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Para eso están las monstruosas etapas de hoy y el miércoles (mañana hay descanso). Será el momento de poner a prueba tanto el mentón de Rasmussen, como sus nervios. Y ser paciente.
La clave es dejar que ataquen primero los locos. Luego, las montañas. Y por fin, tú. Contador. Nosotros.