El regreso de Vasseur
El francés ganó diez años después de su última victoria

Existe la tentación de pensar que ayer pasaron muchas cosas y que al final no ocurrió nada. Pero no teman. Lo que no se traduce en minutos también cuenta. Se puede ganar tiempo, y en eso ciframos el objetivo primordial de cada jornada, pero también se puede ganar respeto, liderazgo, jerarquía. Eso conseguimos. Y un puñado de segundos preciosos. Estamos más cerca.
Si ya es difícil lograr un objetivo personal, cuando sea y el que sea, deportivo, laboral o afectivo, resulta prácticamente imposible repetirlo diez años después. Lo sabrán si lo han intentado. En ese plazo de tiempo te olvida hasta la suerte. Por eso deberíamos celebrar que alguien lo haya conseguido, sin que nos importe la especialidad o la lejanía, el equipo o el premio. Se puede volver. Ayer, una década después, Cedric Vasseur ganó de nuevo una etapa del Tour de Francia.
Sin duda, se trata de un ciclista especial. Carente de un talento que le permita destacar del grupo, lo cierto es que Vasseur se ha distinguido siempre. Lo hizo diez años atrás, cuando venció escapado en La Chatre y vistió durante cinco días el maillot amarillo. Y volvió a hacerlo más tarde al enfrentarse a Lance Armstrong, de quien fue gregario y a quien reclamó, sin éxito, las primas del Tour 2000. Más recientemente, su nombre se vio envuelto en el Caso Cofidis, un turbio asunto de dopaje del que fue absuelto por la Justicia.
Así ocurría. Cada cierto tiempo, Vasseur aparecía para evitar nuestro olvido. Y esa lucha por refrescarnos la memoria no sólo le rescataba a él, sino también a su padre, Alain Vasseur, ganador de una etapa en el Tour de 1970. El caso es que su insistencia surtió efecto y se nos grabó su recuerdo, tan profundo, que bastaba una imagen del pelotón, un mínimo plano de su figura, para que recitáramos su ficha: ahí está Vasseur, ganó una etapa y su padre fue ciclista.
La ventaja. No es muy raro que en esa lucha final entre tres franceses, un suizo y alemán, muchos nos entregáramos a Vasseur. Digamos que con él existe una vieja familiaridad. Sin embargo, no lo tenía fácil. Alrededor había lobos como Voigt, Casar, Halgand o Albasini, más veloces y más enteros. Pero no más expertos. Ni en ciclismo ni en marketing. Cuando todos se vigilaban, Vasseur aprovechó un parpadeo para demarrar y obtener una ventaja que calculó por milímetros. Esa diferencia le sacó a Casar.
En los tres minutos siguientes llegaron otros fugados sin fuerzas, como el irreductible Flecha, y el pelotón se presentó en Marsella diez minutos después. Al menos, los velocistas tuvieron el detalle de regalarnos un sprint furioso que ganó Sebastián Chavanel, por delante de Boonen. En el vencedor se supo que todo era mentira.
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Los favoritos salvaron la jornada sin problemas y Caisse d'Epargne (Chente) se dejó ver en los últimos kilómetros para proteger su liderato en la clasificación por equipos. No niego que el esfuerzo sea encomiable, pero temo que nos desvíe (como otras veces) de lo verdaderamente sustancial: la victoria en París. Por lo demás, Rabobank controló una carrera loca en los primeros kilómetros y se dio un palizón (nórdicos a 30 grados) que amenaza con desintegrar al equipo en los Pirineos. Dependerá del anticiclón.
Queda mucho. Ese debería ser el mensaje de las galletas chinas en las bolsas de avituallamiento. La impresión es distinta, porque la organización ha tenido la deliciosa crueldad de servir los Alpes como aperitivo. Pero restan todavía montañas terribles y dos cronos que completan unos cien kilómetros en solitario. Casi falta un Tour entero. Es normal la confusión: el tiempo se difumina con el cansancio y el esfuerzo, y cuando te quieres dar cuenta, antes fue ayer y diez años no es nada. Pregunten a Vasseur.