El pueblo asoma
Lo intentaron Flecha y Verdugo, pero ganó Hushovd al sprint

Siempre hay algo. En cada jornada, por parecida que sea, se registra una diferencia que anima o duele. Y eso permite incluso, prescindir del ganador si es noruego, Thor Hushovd, en este caso. Hay otras carreras dentro de la carrera, aventuras paralelas que no proclaman reyes pero condicionan batallas. Ayer, por ejemplo, se retiró Zandio, el fiel Zandio, nuestro oxígeno en las montañas, el ciclista que continúa en el Reynolds (permitan la evocación) una estirpe de ilustres colaboradores españoles, de Greciano a Enrique Aja, de Marino Alonso a Ramontxu González Arrieta. Docenas. El pueblo soberano.
Zandio, el fiel Zandio, se cayó por segunda vez en cinco días y a sus radiografías de muñeca sumó una de clavícula. Su retirada deja sin teniente las guerras que librarán Pereiro y Valverde, motivo por el que habrá que ascender a David Arroyo, que además de alas tiene apellido.
Lo cierto es que sin necesidad de enseñar las pestañas, Pereiro fue protagonista de la etapa por más razones que perder a un compañero fiel. Digamos que su sombra sobrevoló por la escapada del día, hasta el punto de impedir que sumara minutos y esperanzas.
En el kilómetro 30 se fugaron Verdugo (Euskaltel), Sprick, Knees, Sylvain Chavanel y Flecha (Rabobank). Fue la inclusión de estos dos últimos lo que hizo sospechar al grupo, que temió lo que en Galicia bien podría denominarse como A Pereirada. Es decir, una fiesta sorpresa y un líder con pegamento.
Marcados. Además del ansia de los sprinters, tanto Chavanel como Flecha pagaron su prestigio. Nadie olvidó que el francés es (era) la última esperanza del ciclismo galo, aunque el paso del tiempo (28 años) y las montañas corren en su contra. Sylvain Chavalín le llama nuestro implacable compañero Chema Bermejo, sin duda para motivarle. Sin éxito, aún.
De Flecha, qué decir. Se dispara y roza dianas. Ganó una etapa en 2003 y asedia cualquier objetivo que se proponga. Sería bonito que un día le dieran ventaja. Sería como correr tras una flecha.
Condenados desde el principio, los escapados se fueron entregando hasta que sólo quedaron por delante el alemán Knees y el propio Flecha. Fue más un arranque de orgullo que un intento de victoria. Cuando finalmente fueron atrapados a siete kilómetros de meta chocaron sus manos, satisfechos por asustar al lobo.
El tiempo que siguió sirvió para observar el paisaje que se mueve: la gente. Sin duda, el entusiasmo popular es uno de los elementos diferenciadores del Tour. Entre esos millones de extras, en cada etapa surge alguien que dibuja una bicicleta con unas balas de heno o construye un velocípedo con rastrillos, dispuestos todos a recibir al Tour como a Míster Marshall.
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Dentro de ese homenaje, ayer hubo quien desplegó una bandera francesa agujereada que bien pudo pertenecer a Napoleón y también se vio en un ático de pizarra a dos recias lugareñas con un maniquí y su hijo, tal y como demuestra la imagen adyacente. En estos casos el mérito es extraordinario por lo que implica la preparación. Primero es necesario tener en casa un muñeco de tamaño natural. Luego hay que vestirlo, con la evidente dificultad anatómica. Y por fin, resistir las insidias, que la gente tiene la lengua muy larga.
Cuesta mucho menos esprintar si te llamas Thor y tienes truenos en las piernas. El noruego se exhibió y Freire terminó tercero, estorbado en plena montaña rusa por el británico Cavendish. Qué bien le vendría a Óscar un fiel Zandio. O media docena.