Tenis | Masters Senior

El show de 'Big Mac' congregó a fieles entregados

McEnroe divirtió, ganó a Wilander y disputa hoy la final contra Costa

<b>UN ESPECTÁCULO. </b>McEnroe no cambia y fue un auténtico espectáculo en la pista.
Jesús Mínguez
Nació en Guadalajara en 1973. Licenciado en Periodismo por la Complutense. En AS desde el año 2000, es redactor jefe de Más Deporte. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos y unos Paralímpicos, Grand Slams de tenis, Davis, Laureus, candidaturas olímpicas, política, dopaje o grandes combates de boxeo. Le gusta escribir de deporte y también practicarlo.
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Señoras peinando canas, jovencitos de la mano de su papá que no paraba de narrarle batallitas ("Nadal aún tiene que tomar mucho cola-cao para ser como estos", decía un cuarentón a la puerta a su retoño), adolescentes atraídos por el mito del tenista-rockero. Todos acudieron al Show de Bic Mac, el espectáculo que puso ayer en pie al Palacio de los Deportes.

John McEnroe no defraudó. El icono de los ochenta sigue teniendo fuerza entrado el siglo XXI. Se conserva jugando el circuito senior y el año pasado, cumplidos ya los 47 años, consiguió ganar el torneo de dobles de la ATP de San José junto a Jonas Bjorkman.

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Chándal con un USA impreso en la espalda y raqueta con toques retro imitando la textura de la madera con la que rindió Wimbledon tres veces y el US Open en otras cuatro salió dispuesto a no defraudar. Ni a las groupies que le esperaban para que les firmara autógrafos ni a los que sólo tienen imágenes de Nadal en su mente (a los que hizo un guiño celebrando los puntos puño cerrado y rodilla arriba como Rafa). No costó que se calentara, a pesar de que la organización le recibiera con una música blandita. Quizá hubiera estado mejor Lou Reed y su Walk on the wild side para el que fue niño terrible del tenis y que gusta de puntear la guitarra con menos precisión, eso sí, que la raqueta.

Enfrente tuvo a Mats Wilander, contra con quien una vez jugó el partido más largo de Copa Davis (6 horas y 22 minutos) que contribuyó a ofrecer un gran espectáculo. McEnroe, rebelde vocacional, hizo lo que se esperaba de él: protestó al juez, se dio carreras por la pista, se dirigió a los espectadores y, sobre todo, demostró que su volea y revés siguen igual de letales y deliciosos, que la derecha la pega tan rara como siempre y que su servicio girado funciona. Por cierto, ganó McEnroe (6-2 y 6-2). Pero lo importante fue la sonrisa boba y placentera con la que se fue la fiel parroquia.

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