Tenis | Abierto de Australia

González tampoco fue el antídoto a Roger Federer

El suizo maravilló y repitió título sin ceder un solo set

<b>COLISEO RENDIDO. </b>La Rod Laver Arena asistió de nuevo a una exhibición de Roger Federer, que ha ganado ya tres títulos del Abierto de Australia.
Jesús Mínguez
Nació en Guadalajara en 1973. Licenciado en Periodismo por la Complutense. En AS desde el año 2000, es redactor jefe de Más Deporte. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos y unos Paralímpicos, Grand Slams de tenis, Davis, Laureus, candidaturas olímpicas, política, dopaje o grandes combates de boxeo. Le gusta escribir de deporte y también practicarlo.
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Siempre se confía en el milagro. Siempre nos ponemos de parte del menos bueno. Siempre tenemos la esperanza de que el genio pierda su aureola divina. Pero siempre (al menos desde la pasada final de Roland Garros) aparece él. Y hay que inclinarse, hacerle una reverencia y disfrutar. Roger Federer volvió ayer a demostrar que está por encima de todos y que, hoy por hoy, sólo juega contra sí mismo. Fernando González llegaba a la final lanzado, con un juego perfecto y un historial de víctimas en su camino que daba miedo: Lleyton Hewitt, James Blake y Rafa Nadal. Quizá él podría poner en aprietos al número uno. Podría ser el antídoto. Pero, entonces, Federer decidió demostrar por qué está en condiciones de batir a Pete Sampras en número de títulos de Grand Slam (ayer igualó al estadounidense Bill Tilden, con diez).

El chileno, alentado por una grada caliente y apoyado en una derecha digna de un campeón de los pesados, apretó al de Basilea hasta llegar a romperle el saque para colocarse 5-4 y llegó a disponer de dos bolas de set en el siguiente juego para adjudicarse la primera manga y meter presión a Federer. Mas el de Basilea no se asustó, llevó el partido al tie break y lo gestionó a la perfección. Sin piedad.

A partir de ahí, Federer incidió en la estrategia que podía hacer daño al Bombardero. Le obligó a recorrer kilómetros, a forzar sus golpes para que llegaran mansos. Y subió a la red. Mucho, hasta en 43 ocasiones, para cortar de raíz las andanadas de González. Demostró que puede variar su discurso en función del rival, porque lee sus golpes y sabe oponer los argumentos que le llevan a la victoria.

Las dos siguientes mangas se resolvieron con sendos e inapelables 6-4. Cerraba el partido sin perder un solo set, algo que sólo había conseguido Kenny Rosewall en Australia en 1971 (Federer se dirigió a él, cariñoso, tras acabar el partido en una muestra de respeto a las leyendas). El último en conseguir un Grand Slam sin ceder una manga fue Bjorn Borg en 1980 (también lo hizo en Wimbledon 76 y París 78). Estamos ante un genio. Y ahí reside también el mérito de Nadal, en pelear contra uno de los grandes y, a veces, ganarle.

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