Esquí | Homenaje

Entrañable homenaje a Paquito Ochoa en Cercedilla

El campeón olímpico de eslalon en Sapporo 1972, enfermo de cáncer, recibió ayer en su pueblo un multitudinario reconocimiento a su trayectoria deportiva y a su calidad humana, encabezado por las Infantas.

<b>RECONOCIMIENTO PRINCIPESCO. </b>Las infantas Elena y Cristina arroparon a Paquito Fernández Ochoa.
Ángel Cruz
Redacción de AS
Actualizado a

Yo empecé a esquiar gracias a mi tío. Un día me llevó a la nieve con los esquís, me dijo que me tirase por una cuesta y le contesté que no, que me iba a matar. '¡Que te tires!', insistió. Y le volví a decir que no. '¡Que te tires o te doy dos bofetones!' Me tiré, claro. En ese momento empecé a esquiar... hasta la medalla olímpica de oro".

Lo dijo ayer Paquito Fernández Ochoa en una soleada mañana de Cercedilla y desató las risas de las gentes de su pueblo (el pueblo del esquí), de las infantas de España Elena y Cristina; de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre; del secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky; del presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco... y de una señora que pedía a la prensa del corazón que se agachase para dejarle ver a su héroe. "Soy de otro pueblo y llevo aquí desde las ocho de la mañana, así que ya está bien", esgrimía como argumento.

La Plaza Mayor de Cercedilla acogió a todas las gentes de la localidad y a muchas más. Se trataba de homenajear al primer y único español que ha ganado una medalla de oro olímpica en esquí. Y a otros 28 nativos de Cercedilla (el pueblo del esquí, hay que repetirlo), que han logrado campeonatos españoles.

Paquito estuvo siempre en una silla de ruedas, protegido primero por una sombrilla, que mandó retirar después. La silla la empujaba un emocionado voluntario, que de vez en cuando le daba agua.

Desde primera hora de la mañana, un grupo folclórico llenó de sonidos de tambores y dulzainas las serenas calles de Cercedilla. La Plaza Mayor estaba a rebosar, como nunca, y los más privilegiados abarrotaban los balcones. Llegaron las infantas Elena y Cristina (olímpica, por cierto, aunque en vela), y presentó el acto la periodista Olga Viza, que puso desde el principio las cosas claras: "En Sapporo 1972 Paquito puso a este país encima de unas tablas de esquí". Cada vez que sonaba el nombre de Paquito (hasta 30 veces, contadas aproximadamente), la Plaza Mayor temblaba de aplausos y emoción. Se descubrió la estatua de bronce con base de granito que reproduce la fotografía clásica en la que Paquito, vestido de rojo y amarillo, brazos en alto, espera la recompensa de oro.

"¿Qué voy a decir que no sepáis? La verdad es que no me encuentro en el mejor de mis momentos físicos, pero tengo fuelle para agradecer vuestro cariño", dijo el campeón. Y lloró. Nadie empleó la palabra enfermedad, ni cáncer. Pero cuando Paquito lloró, también lloró el voluntario que empujaba su silla de ruedas. Y a las Infantas se le pusieron los ojos tristemente brillantes.

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Aquel 13 de febrero de 1972

Dorsal número 2, pero posición número uno en la clasificación del eslalon olímpico de Sapporo 1972, el 13 de febrero. Paquito Fernández Ochoa se convertía en un héroe nacional en un país cálido y mediterráneo al que entonces apenas interesaban los deportes de nieve. Venció a los hermanos italianos Gustavo y Rolando Thoeni, y del primero de ellos siempre sostuvo que era el mejor esquiador de todos los tiempos. Su victoria en Sapporo, cuando tenía 21 años, sorprendió a una España de espaldas al deporte blanco, pero no fue fruto de la casualidad, sino del trabajo y de la calidad. Es el mayor de ocho hermanos, entre los que destaca Blanca, medalla de bronce olímpica en los Juegos de Albertville, veinte años después de la hazaña de Paquito. Él siempre ha dicho que ella es la mejor de la familia.

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