"La vida de mi hijo Pablo cuesta 300.000 dólares"
Cándido Ibar, que se instaló en Estados Unidos como pelotari profesional, lucha para romper con la maldición de los Urtain, el caserío de la familia que ha dado el apelativo a una saga. Ha vuelto a España para recaudar los fondos que saquen a su hijo del corredor de la muerte.

Hace cinco años, en Florida, Cándido Ibar, uno de los nueve hermanos de José Manuel Urtain, era un hombre optimista, que le plantaba cara a la vida y luchaba por sacar a su hijo del corredor de la muerte de la prisión de Starke. Hoy regresa a Estados Unidos, a Georgia, donde vive, cansado y luchando contra la derrota por el tiempo y la burocracia procesal del país americano: "Noto que me consumo, que este ritmo de vida sin dormir no se puede mantener, pero no puedo parar. En este momento toda la familia tiene una prioridad: la vida de Pablo. Está complicado, pero mientras quede una esperanza hay que aferrarse a ella".
Pablo espera la ejecución condenado por un triple asesinato en 1995 en Miami, el dueño de un bar de alterne y dos de sus camareras. La sentencia data del año 2000, y todos los recursos, hasta ahora, han sido desestimados, el último hace menos de un mes. "Nos queda la última vía, acusar al abogado por una defensa poco profesional. Y para presentar esa demanda sólo tenemos tres meses. Si prospera, se podría repetir el juicio de mi hijo", asegura Cándido, que busca tablas de salvación aunque sean simples astillas. Y recuerda que aquel picapleitos pidió, sin suerte, varios aplazamientos por culpa de su salud, y que el día después del juicio fue hospitalizado "e incluso reconoció que su trabajo no había sido bueno".
"En este momento la vida de Pablo, la posibilidad de que tenga futuro, cuesta 300.000 dólares (280.000 euros), que es lo que nos ha pedido el que será su nuevo abogado. Hubo uno que nos pidió dos millones de dólares". Y sus manos enjutas, rugosas y duras como el pedernal de este antiguo pelotari profesional se mueven nerviosas. Ha venido a España para hacer un llamamiento por su causa, y ha visitado los pueblos vascos en los que su extensa familia de Cestona un día fue admirada: "Me han recibido bien. Nos quieren. Muchos municipios han aprobado ayudas económicas, además del respaldo moral. Cualquier colaboración es buena".
A ocho horas.
Tiene 62 años, y dos hijos preadolescentes con su segunda mujer, "con el físico de los Urtain, como mi hermano Martín, más fuerte que José Manuel. Les habían invitado a unos juegos deportivos en Holanda, pero no podemos distraer ni un dólar mientras Pablo siga en su situación". Y Cándido, que está en la edad de jubilación, y que tenía pensado volver a casa "porque en el caserío hay sitio para todos", seguirá en Atlanta, porque "el hijo está a ocho horas de coche, y una vez a la semana, los sábados, se le puede ver una hora".
¿Y los políticos? "No tengo queja. Ni de este Gobierno ni del anterior. Mientras la causa no se cierre la política no puede intervenir". La Fundación Ramón Rubial sigue de cerca la lucha que mantienen los Ibar, y esta semana, en un paso fugaz por España, ha participado en el Día Mundial de la Amnistía, su tabla de salvación.
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