El llanto del 16 y una Guinness
Suenan tambores de guerra. Es la ceremonia de clausura de la Ryder Cup. Europa lleva ya una hora festejando y llorando su tercer triunfo consecutivo. Son historias de un green del K Club.

Todo sucedió en el hoyo 16. Allí, Roger Mallby cantaba desde su inalámbrico de la cadena estadounidense NBC. "Michael, no hay nada que hacer". Se lo decía a Jordan, que dejó a Woods para seguir a Toms y Montgomerie, sin olvidarse de fumar un puro cubano desde las alturas. El escocés enfilaba ese green con la seguridad de que iba a vencer. La ovación fue atronadora. A pocos metros de él, Ian Woosnam le dijo a un colaborador: "Esto es increíble". Y lo era. La fiesta en ese momento no había hecho nada más que empezar.
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El río de emociones del hoyo 16 tuvo un personaje de excepción: Darren Clarke. La Ryder estaba decidida. El norirlandés le ganó su enfrentamiento a Zach Johnson en ese green ya famoso y rompió a llorar. Las lágrimas llevaban el nombre de Heather, su mujer, fallecida el pasado 13 de agosto después de dos años de luchar sin éxito contra el cáncer. Woosnam le devolvió al golf apostando por él e invitándole a esta Ryder. Y ha acabado siendo el héroe en casa de sus vecinos de la República de Irlanda. Casi todos los jugadores corrieron a abrazarle. Sergio García le arrancó la primera sonrisa y Tiger le conmovió. Los dos han perdido a sus seres más queridos en este 2006.
Minutos más tarde, la jarana europea se desbordó en la terraza del K Club. Corrió el Moet Chandon, Sergio se baño en él, y Clarke, más sereno, recuperó su otra pasión: la Guinness. Era inevitable, estaba en Dublín. Se bebió una pinta de un trago. Woosnam se picó y le imitó. Fueron las imágenes de una Ryder Cup que empieza a sonar repetitiva. ¿Volverán algún día los americanos?