El oro de España es el brillo de España
Los Europeos se cerraron de la mejor forma posible: doblete en 5.000 con oro para España y bronce para Higuero. A ello se sumó la esperada conquista en el maratón de Julio Rey (bronce) y el sorprendente motín de Mercedes Chilla en jabalina. La medalla más valiosa por inesperada.


El tiempo se va "lentamente". Retumba la vieja canción de Abba en los altavoces del Ullevi, en la clausura. Pero, para los 'Africanos de Europa', el tiempo otoñal del domingo sueco discurrió más frenético que nunca. Los suecos, que llevan el tiempo a su bola, montaron el fin de fiesta con la música meliflua de Abba, que mantiene anclada en los años 70 a mucha de esta gente rubia. Quizá los suecos tiraron de su cuarteto más famoso como un homenaje al presidente Odriozola, que llamó a las puertas del cielo... y el cielo le respondió.
Entre Jesús España, vecino de Valdemoro, Juan Carlos Higuero, alias 'El León de la Blume', el maratoniano Julio Rey, de Toledo, y la jabalinista jerezana Mercedes Chilla, el medallero español se redondeó en 11 piezas: quinta plaza oficial, "y segunda tras Rusia en el número total de medallas, empatados con Gran Bretaña", como puntualizaría Odriozola. Pero el gran día de España nunca hubiera sido el mismo sin la grandísima final de 5.000 que ganó Jesús España, heredando el oro de Alberto García en Múnich 2002.
Llanto de alegría.
A la hora de la sobremesa, Julio Rey, entre retortijones y tirones de los italianos, y Mercedes Chilla, lanzando la jabalina como si fuera un balón de balonmano, habían firmado dos bronces importantes. El de Chilla, el menos esperado. Pero, cuando la jerezana lloraba de alegría tras el fallo definitivo de la alemana Obergföll, a las 16:40, el "tam-tam" ya sonaba en la salida de los cinco kilómetros. No había hombrecillos verdes de Etiopía ni unidades tribales del altiplano de Kenia. Momento crucial de los 'Africanos de Europa', hora de la verdad: con 16 grados, una humedad relativa del 90% y bajo la lluvia fina y brumosa del otoño sueco, Higuero, Villalobos y España estaban a las órdenes del juez.
La música de Abba hacía las delicias de los bienpensantes suecos, pero en la pista nadie sonreía ante fieros clavos como puñales, miradas recelosas y amenazas en cada zapatilla. "Nos teníamos respeto", diría España. Las miradas de los ángeles del infierno de los cinco kilómetros convergían en una la verde de Irlanda: dorsal 533, Alistar Cragg. La pista a seguir.
Ojos y codos.
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Hasta los 3.000, el noruego Bakken dio tiempo al grupo. Justo tras los tres kilómetros, la densa tensión explotó, y Cragg pasó a la acción, pero trastabilló, se lesionó, cayó, abandonó... y la carrera donde quedó sin amo. Jesús España, superviviente de un océano de fracturas, rehabilitaciones y kilómetros por la Casa de Campo, se abrió paso en la marisma de Ullevi. Le siguieron el morenito inglés Mo Farah y el turco Akkas. Higuero, todo ojos, codos y oídos, guardaba sus últimas reservas como oro en paño. Luego las convertiría en un bronce glorioso.
A 300 metros, Farah abrió la batalla, pero sin vatios para sentar a España, que le siguió con Akkas. España sabía donde estaba: el último 500 es el último tercio. A 150 metros atacó la España de Jesús España, quebrando a Farah y dejando sin caderas a Akkas. España entró en campeón, firmando la decena de medallas. Menos de dos segundos después, cruzaba Higuero, bronce y medalla número 11, arrancada del pecho de Akkas. Higuero hizo la señal de la victoria ("dos medallones") y se acordó de El Guerrouj. Y el tiempo tan frenético de los 'Africanos de Europa' comenzó a detenerse. Empezó la musiquilla de Abba. Y los suecos regresaron a ese tiempo tan suyo y tan lento, aquí, en Ullevi, "Yoteborg", Gotemburgo.