Atletismo | Campeonatos de Europa

Blanco consiguió la plata entre tinieblas

José Luis Blanco consiguió el segundo puesto en la final de 3.000 obstáculos, que ganó el finlandés Jukka Keskisalo. El gran favorito, Penti, decepcionó y se tuvo que conformar con una pobre quinta plaza. El tercer atleta español, César Pérez, finalizó en octava posición.

<b>ENTRE LAS AGUAS. </b>Los atletas pasan una de las rías de los 3.000 metros obstáculos. Fue en la penúltima en la que Blanco atacó.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

Un año atrás, estábamos ahí al lado, en Helsinki, bajo tormentas tan negras como las que humillaron a la Armada Invencible. Negras son las tormentas bálticas para los africanos de Europa. "Llevar grandes campeonatos al Norte de Europa a mediados de agosto tiene un gran riesgo, y es que llueve mucho. Despídanse de buenas marcas el año próximo, en Suecia", anticipaba John Smith, el gran santón de la velocidad estadounidense, gurú de Mo Greene y del grupo HSI. Despedidos estamos.

Y estamos en Suecia. El viento del Norte, cargado de presagios, acarrea aguaceros silvestres. Bajo los aguaceros, a duras penas navega la Armada de Odriozola, que ayer, entre rías, se enganchó al fanal amarillo del pelo pollito de José Luis Blanco. Otras unidades crujían hasta la última cuaderna, sacudidas por los vientos del Cabo Norte: Glory Alozie cumplió en 100 metros vallas, cuarta. En altura, Beitia, no subió de 1,92 metros: novena, sin puesto entre los oficialmente finalistas, que son los ocho mejores de cada prueba.

El famoso Penti, el sevillano campeón de Europa de 3.000 obstáculos en los días de gloria de Múnich 2002, vivió el peor fracaso junto a la plata de Blanco. Como su compañero obstaculista César Pérez, el Penti habló de "piernas hinchadas". Blanco decía que a él le temblaban.

Un demonio.

Sería de excitación: el socio barcelonista de Lloret de Mar corrió como un demonio para colgarse una plata al filo de lo imposible. Como el Pequod del capitán Ahab, en busca de Moby Dick, la ballena blanca, entre los pequeños océanos del Ullevi Stadion, un cabo de tormentas repleto con más de 32.000 espectadores para ver atletismo, a ustedes qué les parece.

Pelo Pollito Blanco, pequeño ballenero sin sus calcetines embrujados, tenía un plan de caza: poner agua de por medio entre su último cambio y la velocidad de Pentinel y el francés de origen magrebí Bouabdellah Tahri.

Sin el holandés Simon Vromen (plusmarquista europeo y plata hace cuatro años en Múnich, por detrás de Penti; por delante de Martín Berlanas), desfallecido por una diarrea, los tres kilómetros perdían uno de los obstáculos más importantes para los españoles.

Desde el principio, cuando arreaba Mustafá Mohamed, curioso sueco del Norte de África, se vio que Pentinel y Pérez iban con las velas rasgadas. Blanco, Ahab de Lloret de Mar, sentía fiebre en busca de la ballena de plata. Los hachazos sostenidos de Mohamed apagaron las luces del Pentinel. Respondió Tahri.

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Y en la penúltima ría surgió, José Luis Blanco, ojos ardientes, para navegar sobre Mohamed, con Tahri a estela. "Ahí me veía oro", diría Pelo Pollito más tarde, al acabar la carrera. Pero en la bruma báltica apareció un finlandés, Jukka Keskisalo, de dónde iba a ser, para llevarse el oro, mientras José Luis Blanco clavaba la plata como una gaviota sobre el mástil.

Así narra Herman Melville el hundimiento del Pequod, tras el combate con la Ballena Blanca. Entre tormentas, a la Armada de Odriozola se le acaban las unidades.

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