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"Mi hijo me dice: papá, un combate más y paras"

Castillejo busca su octavo título mundial el sábado contra Sturm

<b>EN OURENSE. </b>Como cuando boxeó con Vargas en el verano de 2005, Castillejo ha estado recluído en el gimnasio Fitness Place de Ourense.
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El boxeo no deja que Javier Castillejo descanse en una hamaca en el Caribe. Con 38 años aún le pide ceñirse los guantes para hacer "cuatro combates más, como mucho, pero buenos; no con cualquier gordo de michelines". El siete veces campeón del Mundo se subirá al ring el sábado para pelear contra Felix Sturm, el alemán que tiene el cinturón mundial de los medios en versión WBA. Por ello se ha encerrado con tres sparrings y con su agente Ricardo Sánchez Atocha unas semanas en un gimnasio de Ourense.

"Me harta esto de concentrarme y entrenarme todo el día, pero estoy deseando subirme entre las cuerdas con el alemán", lamenta el español, que, sin embargo, mantiene la ilusión por el boxeo: "Me siento un privilegiado por mi carrera". Castillejo está casado con Marta y tiene dos hijos, Saray y Javier. Vivir lejos de ellos es lo único que le duele. "El niño me dice: 'Papá, uno más y lo dejas'. Yo le respondo: 'Tenemos que hacer más, niño, que la vida es muy larga...".

Sin embargo, no le asusta enfrentarse a alguien más joven, más fuerte o con más pulmones. "Me siento un chaval. Es cosa de genética, mi padre a los 40 años era una máquina. Tengo los mismos reflejos y mantengo la pegada. Cuando lo deje, lo haré sólo para jugar con mis hijos".

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Después de una gran carrera como superwelter, El Lince ha subido de peso para no sufrir en la báscula. "Que nadie se piense que me desayuno unos churros y me tomo unas cervezas y unos aperitivos. Paso de 69.9 kilos a 72.5. No es mucho peso", explica.

Castillejo dice que no sueña con los combates que ya ha disputado, pero sí que lo hace con los que están por venir. Tiene bien estudiado a Felix Sturm y por eso le gana todas las noches cuando se acuesta. "Tiene velocidad y una buena izquierda, pero no pega duro ni es fuerte. No está a acostumbrado a encajar porque tapa bien los huecos. Si lo llevo a un intercambio de golpes, puedo con él". No le incomoda que el combate sea en Hamburgo, donde ya se encuenta, porque sabe que en Alemanía no habrá encerronas. "Son gente seria, no como nosotros, que la montamos a la mínima". Habla con conocimiento, ya que pasó ocho años de su infancia en Frankfurt.

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