En el Foro Itálico, Nadal es el centurión español
Rafa mandó sobre Carlos Moyá tras un intenso duelo en tres sets


Cierta reportera francesa de L?Equipe define a Rafa Nadal como Gladiator: el gladiador. Como comparación, vale: Rafa lleva fuego en el cobrizo cuerpo. Pero, entre los mármoles del Foro Itálico de Roma, Nadal, aunque se dé cierto aire a Russell Crowe, no es un gladiador, sino un centurión: las cosas se hacen como él dice, y alea jacta est: la suerte está echada. Llegué, vi, vencí. Diría Julio César, vamos.
La tierra de las pistas del Foro romano es de las más esponjosas del circuito. Ahí, la bola flota casi interminablemente. Ahí, Nadal dicta la ley. Moyá no pudo repetir el famoso partido de Miami, porque la arcilla romana, junto al Estadio Olímpico y la sede del Comité Olímpico Italiano, rebaja bastantes vatios, entre suaves pinares, al trueno que Moyá tiene en la mano derecha.
Llegados aquí, Nadal fuerza a Moyá (y a cualquiera) a jugar al límite de precisión, cons-tan-te-men-te. Reto que Nadal envía al otro lado de la red: "para ganarme, tienes que jugar dos sets perfectos, al límite". Y si es la final, tres sets. Al límite: todos los puntos, cada minuto, cada segundo. Dura lex, Nadal lex. La dura ley de Nadal
Errores.
En el primer set, Nadal laminó a Moyá con una presión que arrinconaba el revés de Charly: son dos amigos que se conocen muy bien.
En la segunda manga, Moyá cargó la derecha esplendorosa, limpió líneas e incendió el puente de Nadal. Máxima demanda de precisión y tensión, tanta que Moyá salió a comienzos del tercer set y se dejó atrapar y zarandear: 0-3, 1-4... y con 2-4 y 15-40 sobre el servicio de Nadal, Moyá no remató esos dos puntos que valían la resurrección en el Foro. No lo permitió Nadal, que zanjó la última ventaja de Charly con un ace: la sentencia.
En la pista, Nadal, un muro y un niño, ángel y demonio, no tiene amigos y no toma prisioneros. Si Freud hubiera psiconalizado a Rafa, hallaría un mujahidin, un guerrero implacable incluso ante las imágenes de sus ídolos: como Moyá.
Al fin, cercado mentalmente entre mármoles, Moyá se rindió: 34 errores no forzados. No tan forzados si enfrente está Nadal, el muro de Roma.
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He sufrido y, tras el segundo set, me vino a la cabeza el fantasma de lo que pasó en Miami, cuando perdí ante Moyá. Él me conoce muy bien. Fue importante que en ese set, aunque lo perdí, logré hacer el 2-5. Si lo hubiera perdido por 6-1, habría sido un drama, ya que se hubiera calcado el desarrollo del partido de Miami. No existe un placer especial por ganar a Carlos: somos amigos dentro y fuera de la pista y los dos queremos ganar".