Un partido magistral de Moyá despide a Nadal
Rafa ganó el primer set, pero sólo sumó dos juegos más


Tras subir al Olimpo de la Davis en Sevilla 2004, Carlos Moyá supo sufrir durante un castigador año 2005 que pasó entre gimnasios, infiltraciones en el hombro dolorido, dietas, reactivación del saque y cotorreos sobre lo cerca que tiene la retirada la gente que va a cumplir 30 años. Cuando Moyá sufría, Rafa Nadal ganaba. Y ganaba...
Ahora, Charly llegó a Crandon Park, cerquita de su piso de Miami, sin muchas pretensiones. Todos miraban a Ojo de Halcón, para nada un jefe comanche, sino ese artilugio que reabitra, al fiestorro de premios de la ATP y la WTA, y, sobre todo, y con mucho descaro, todos en Miami hacían apuestas sobre esta final: Nadal-Federer. No esta vez...
En primera ronda, Moyá, finalista en Chennai y campeón en la tierra batida de Buenos Aires, despachó al rumano Hanescu: en tres sets, y a remolque desde el primero. Segunda ronda, el Niño Nadal, ante el maestro Charly. La hermandad de Palma. Y, ¿quién iba a apostar por el maestro? Fue el mismo Moyá, con su nueva capacidad de sufrimiento: "Nosotros no hemos de buscar la buena fortuna, nosotros hemos de ser nuestra buena fortuna", escribió Walt Whitman en Hojas de Hierba. Y eso ha hecho Moyá.
En 31 minutos, Nadal ganó el primer set. 6-2. Clave: en la pista durísima y ventosa de Crandon Park, Moyá sólo jugaba con el 50% de primeros servicios. A partir de la segunda manga, Charly fue a por todo.
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Con el 73% de primeros saques, el látigo arco iris que Moyá tiene en la derecha empezó a entrar desde que se abrió el segundo set. Con el primer servicio, Moyá ganaba el 74% de los puntos: 6-1 en 34 minutos. Charly había vuelto.
Y con otro 6-1 en el tercero, redondeando el 70% de primeros saques en las dos mangas finales, Charly cerró su resurrección. Ahora, Calleri, verdugo de Monfils. Y ahí va Charly, con la buena fortuna envuelta en ese arco iris de derecha.