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La Caldera dice adiós

En diciembre de 1876 las provincias de Leinster y Munster midieron sus fuerzas en Lansdowne Road. Fue el primer partido de rugby que se jugó en La Caldera. Hoy, 130 años después, el mítico estadio se prepara para sufrir una reforma que le cambiará la cara, pero seguro que no el alma.

<b>GRÚAS EN EL HORIZONTE. </b>El proyecto del nuevo Landsdowne Road estaba ya aprobado y se llevará  acabo en los próximos meses.
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Recuerdo perfectamente el primer día que pisé el césped de Lansdowne Road. Mis compañeros me habían advertido que saltar a La Caldera era algo que no olvidaría nunca y puedo certificar que ocurrió así. Durante los diez primeros minutos de partido no me dejaban de temblar las piernas...". Estas palabras del apertura Rob Howley, internacional galés a mediados de los 90, ilustran gráficamente el pavor que despertaba en los adversarios las visitas al templo del rugby irlandés.

Hay otra razón que explica esa reticencia de los rivales a jugar en La Caldera. La explica Martyn Johnson, el capitán inglés que tuvo el honor de levantar el trofeo de Campeón del Mundo en Australia en 2003: "La primera vez que jugué allí, me llamó la atención la prisa que tenía todo el mundo por retirarse al vestuario. Luego supe el porqué: ¡El termo del agua caliente sólo duraba un cuarto de hora en Lansdowne Road!". Por supuesto, los primeros en ducharse, y por tanto los que disfrutaban de agua caliente, eran los veteranos. Una ley no escrita que ha provocado que la mayoría de los jugadores de la élite del rugby europeo y mundial hayan sufrido los rigores de las heladoras duchas de Lansdowne Road.

Pero este no es el único secreto que esconde este entrañable estadio inaugurado en 1872 con una prueba de atletismo. La creación de Landsdowne Road se debe a la idea del atleta Henry William Dunlop, que se encargó de la organización del Campeonato Irlandés de Atletismo y para ello creó el estadio. Otra de las peculiaridades que hacen de este templo un enclave peculiar es la vieja vía de tren que discurre por debajo de la grada oeste del estadio. Una vetusta vía por la que aún circulan trenes de mercancías cada quince minutos, lo que hace temblar los cimientos de Lansdowne Road. En la castigada estación de Landsdowne Road Station aún resiste una pintada tan desafiante como esclarecedora: "La diferencia entre británicos e irlandeses es que los irlandeses no somos británicos".

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¡We believe!

El 11 de marzo Irlanda despidió su casa con un triunfo ante Escocia (15-9). Lansdowne Road alberga partidos de rugby desde diciembre de 1876, fecha en la que las provincias de Leinster y Munster midieron sus fuerzas. La Caldera, con capacidad para 55.000 personas, era el único estadio de élite sin asientos en sus fondos. Allí se han agolpado durante décadas los irreductibles bajo una estoica pancarta que alguien colocó hace muchos inviernos: ¡We believe! (¡Creemos!). El viejo Lansdowne Road, el mismo al que acudieron 40.000 dublineses para ver correr en los 50 al oro olímpico Ronnie Delanny, el mismo que recuerda en una placa a los jugadores del Wanderers caídos en la Primera Guerra Mundial, cierra por reforma. Decía Keith Wood, el legendario talonador irish que "el paraíso es Lansdowne Road con agua caliente y unas pintas". La Caldera cambia de cara, pero no de alma. Eso nunca...

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