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Ni Cuba ni EE UU, Japón ganó el Clásico Mundial

Rompió todos los pronósticos y en la final venció a los caribeños

<b>HONORES. </b>Japón y Cuba cerraron el I Clásico Mundial con una ceremonia simple y multicolor en Petco Stadium de San Diego.
Enrique Ojeda
Redacción de AS
Actualizado a

Si el Clásico Mundial se ha caracterizado por las sorpresas, la final mantuvo la tónica, y Japón se impuso a Cuba por 10-6 en un encuentro histórico para los orientales, que por fin superaban en un gran evento a la selección caribeña. En Atenas, Japón ganó a Cuba, pero fue en la fase previa, y a la postre los caribeños se llevarían el oro olímpico, y los nipones sólo el bronce.

En el Petko Stadium de San Diego, ante 42.696 espectadores que abarrotaron el coliseo, Japón saldó todas sus revanchas pendientes en tres horas y media de juego: con Estados Unidos, que siempre ha considerado menor a la liga japonesa; con Cuba, con la que mantiene un balance de 33 derrotas en 37 partidos; y con el mundo, que no le presta atención y eso que en la isla oriental está constatado que se juega al béisbol desde 1872.

Cuba notó la ausencia del pitcher Lazo, mientras que el lanzador Matsuzaka volvía a tener otra noche inspirada, como la de hace dos años en Atenas, porque él ya sabía lo que es ganar a los caribeños: sólo permitió cuatro hits en cuatro entradas. Fue clave.

Final agónico.

Además, para generar mayor interés, a falta de una entrada Cuba equilibró el partido (6-5), y así Ichiro Suzuki pudo aumentar su fama, impulsando su tercera carrera y certificando su calidad en el bate y en la defensa como fielder en las Grandes Ligas. Sin poderío físico, pero con una gran técnica colectiva, los japoneses tocaron el cielo en la cuna del béisbol y Matsuzaka, el MVP, entra en la leyenda con sólo 25 años de edad y sin salir de su isla.

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La afición nipona se echó a las calles tras la victoria

Se creían los reyes de Asia pero Corea del Sur les había rebajado los humos en la previa. Por eso, la semifinal ante Corea en San Diego, a la que llegaban gracias a la victoria imprevista de México ante Estados Unidos, batió marcas de audiencia en la isla, en la que las ciudades importantes colocaron pantallas gigantes para que la población siguiese el partido. Y el triunfo desató la histeria, porque Japón ya había sido campeona del mundo en dos ocasiones (Italia y España), pero en una competición sin profesionales. Por eso, el martes, coincidiendo con una jornada festiva, desde Tokio a Fukuoka, toda la población se lanzó a seguir la final, con interés pero sin optimismo porque se temía el poder cubano. Sin embargo, cuatro horas después el país se echó a la calle. Su deporte rey le daba un éxito sin precedentes. Y se celebró a lo grande.

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