Kenenisa Bekele arrasa en la final de 3.000 metros
Batió a Shaheen y Kipchoge


Kenenisa Bekele raramente dice una palabra más alta que otra. Hay que pegar bien el oído cuando se le habla. Pero en la pista, el emperador de los hombrecillos verdes de Etiopía habla con lenguaje de trueno. "No sé en qué porcentaje de forma estoy", dijo tras controlar sin aprietos las series del viernes. "Si estás al 70% o al 100%, sólo se ve en las grandes carreras, en las finales. Cuando terminas, todo queda demostrado: ellas te dan el porcentaje". El de la competición es el lenguaje que mejor usa Kenenisa Bekele. Y sobre los tres kilómetros, lo único que se escuchó fue el idioma de Kenenisa. Zancada de acero en ritmo seda. Dominación. Cambios gobernados a su gusto. Riguroso plan táctico, con su hermano Tariku, casi su doble, como fiel lugarteniente.
El irlandés Cragg intentó la carrera. Única esperanza blanca, ante las oscuras amenazas que le llovían desde el Africa más sedienta de medallas: desde el corazón del Valle del Rift. Se retaban los hermanos Bekele, el keniano Kipchoge, campeón mundial de 5.000 en París 2003, y el qatarí Saeed Shaheen, plusmarquista de 3.000 obstáculos, nacido en Kenia como Joseph Cherono.
A falta de 300 metros, Tariku había exprimido las últimas energías de Cragg y había forzado las primeras reservas de Shaheen y Kipchoge: ahí habló Kenenisa Bekele, un viento vertiginoso sobre la pista azul. Shaheen y Kipchoge se quedaron mudos ante el susurro volador del hombrecillo verde. Kenenisa Bekele no habla. Domina.
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