Polideportivo | Múnich 72

Once israelíes muertos y unos Juegos en peligro

Los Juegos de Múnich pasaron a la historia por el recital de Mark Spitz en la piscina, donde se colgó siete medallas de oro, pero también por el asesinato de once miembros del equipo de Israel

<b>EN LA VILLA. </b>Un miembro del comando palestino se asoma al balcón del apartamento de la Villa.
Jesús Mínguez
Nació en Guadalajara en 1973. Licenciado en Periodismo por la Complutense. En AS desde el año 2000, es redactor jefe de Más Deporte. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos y unos Paralímpicos, Grand Slams de tenis, Davis, Laureus, candidaturas olímpicas, política, dopaje o grandes combates de boxeo. Le gusta escribir de deporte y también practicarlo.
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Los Juegos Olímpicos dejan siempre en la retina imágenes indelebles. Las cabalgadas de Paavo Nurmi en París 1924, la explosividad de Jesse Owens en el agitado Berlín del 36, Abele Bikila corriendo descalzo el maratón de Roma 1960, Tommi Smith y John Carlos levantando su puño enguantado en México 1968, Nadia Comaneci volando en Montreal 1976, Carl Lewis reinando en Los Angeles 1984, Fermín Cacho alzando los brazos en Barcelona 92... Pero también está la imagen de un desconocido encapuchado en un balcón de la Villa Olímpica de Múnich 72. La imagen del terror, la imagen de la muerte, de todo lo contrario al espíritu del deporte, a lo que representan unos Juegos.

La película de Spielberg se basa en un hecho que conmocionó al mundo un 5 de septiembre. La noche del lunes, el personal de limpieza vio cómo ocho personas en chándal saltaban la tapia que cercaba la Villa a las cuatro de la madrugada. Pensaron que serían atletas regresando de una escapada nocturna, pero se trataba de terroristas de la organización palestina Septiembre Negro que se internaron en el bloque 31, donde se alojaba la delegación de Israel. Moshe Weinberg, entrenador de lucha, y Yossef Romano, atleta, se enfrentaron a ellos y fueron asesinados.

Tres atletas consiguieron huir, pero otros nueve fueron tomados como rehenes. Los terroristas pusieron al Comité Olímpico Internacional contras las cuerdas y al mundo en tensión. Las competiciones, que tenían en Mark Spitz en su centro, fueron interrumpidas. Los terroristas exigían la liberación de 234 palestinos presos en cárceles israelíes y de otros dos en la República Federal de Alemania además de un avión con el que ponerse a salvo. El Estado de Israel se plantó y no quiso negociar. Los alemanes buscaron una salida.

Al aeropuerto.

Tras casi veinte horas de espera, los secuestradores con sus rehenes se montaron en un autobús que a su vez les llevaría a un helipuerto militar desde el que tomarían un aparato con rumbo al aeropuerto y de ahí a un país musulmán. Allí les esperaban francotiradores de élite.

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Sin embargo, ya en el aeródromo militar los nervios hicieron que estallara un tiroteo. La policía disparó y los terroristas, antes que soltar sus presas, prefirieron hacer estallar unas bombas en el interior del helicóptero. Amitzour Shapiro, Mark Slavin, Andre Spiter, Elizer Halfin, Kehat Shoor, David Berger, Yossef Gootfreund, Zeed Friedman y Yaacov Springer se unieron a la lista de lista de muertos, así como cinco de los ocho terroristas.

Un desastre para los Juegos, sobre los que planeaba la suspensión total, después de estar detenidos 34 horas. El Estadio Olímpico acogió el funeral con las banderas a media asta y el ánimo estaba por los suelos. Entonces, Avery Brundage, presidente del COI en ese momento, pronunció su famosa frase: "The games must go on!" (¡Los Juegos deben continuar!). Israel mandó un comando del Mossad a matar a los cerebros palestinos... Pero es otra historia. Es la historia de Spielberg

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