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Un mongol, rey del sumo

Asashoryu, un luchador nacido en Mongolia, se ha convertido en el primer sumotari que gana los seis torneos que componen la Copa del Emperador en un año, desde que se creara en 1958. Ha roto todos los récords en un deporte que está sufriendo una invasión desde los países del Este.

<b>IDOLATRADO. </b>Los 140 kilos de Asashoryu vuelan en manos de sus incondicionales después de ser el triunfador del torneo de Fukuoka, que cerraba la Copa del Emperador.
Jesús Mínguez
Nació en Guadalajara en 1973. Licenciado en Periodismo por la Complutense. En AS desde el año 2000, es redactor jefe de Más Deporte. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos y unos Paralímpicos, Grand Slams de tenis, Davis, Laureus, candidaturas olímpicas, política, dopaje o grandes combates de boxeo. Le gusta escribir de deporte y también practicarlo.
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Pongámonos en situación primero: Feria de San Isidro. Plaza de Toros de las Ventas. Cartel de lujo con El Cid, El Juli y un tal... Niño de Mongolia. Sorpresa: el coletudo asiático abre la puerta grande ante el fracaso de los reyes hispanos del escalafón. Los puristas se dejarían atropellar en plena calle Alcalá. "La Fiesta recibió la puntilla", titularíamos los periódicos. Pues bien, colocándonos en este supuesto, así deben sentirse ahora los guardianes de las tradiciones en Japón porque el sumotari mongol Asashoryu, un extranjero, se ha convertido en el primer luchador de la historia en ganar siete torneos consecutivos de la Copa del Emperador y, además, ha desbancado al mito Kitanoumi al romper su récord de 1978 de 82 combates ganados en un año. El debate está servido en el país del Sol Naciente, que adora desde hace más de 1.500 años a estos gigantes que aúnan deporte, religión, espectáculo y dinero.

Desde que en 1958 se estableciera el calendario de la Copa del Emperador, nadie había conseguido vencer en las seis citas (Año Nuevo, Primavera y Otoño, en Tokio; Julio, en Nagoya y el último de Noviembre, en Fukuoka). Y no ha sido un japonés, porque la invasión de extranjeros amenaza los cimientos del dohyo (el círculo donde se lucha). "Si seguimos aceptando extranjeros, la tradición que hemos preservado se hundirá", advirtió precisamente Kitanoumi, un antiguo yokozuma (máxima categoría) que ahora dirige la Federación Japonesa de Sumo. Este organismo decidió hace unos años establecer una barrera a la invasión foránea, ya que cada vez más aspirantes procedentes de países del Este se acercan al sumo buscando dinero y fama.

Cupo máximo.

Decidieron establecer un límite de un extranjero por cada heya (las escuelas donde se forman los sumotaris), pero de las 54 que funcionan en Japón sólo cinco no cuentan con algún luchador exótico y cuatro de ellas no quieren abrir las puertas a la globalización. Sin embargo, también hay partidarios de romper con esas normas. "La apertura contribuiría a mejorar la calidad de los combates y a fortalecer el negocio", se leía hace poco en el popular diario The Asahi Shimbun.

El caso es que la cantera nipona no funciona y el mongol Asashoryu es el único yokozuna (nivel máximo) en lo que sería la Primera División (Makuuchi) en un deporte en el que no hay categorías de peso sino que se reparten por el nivel de excelencia. Y excelente es también el búlgaro Kaloyan Mahlyanov, que ha tomado el nombre de Kotooshu (Arpa europea) que con sus 204 centímetros y 150 kilos logró derrotar dos veces este año a Asashoryu y en septiembre casi se convierte en el primer europeo que se adjudica un torneo.

Los mitos en Japón caen en la misma medida que se engrandecen los nombres del hawaiano Akebono o el samoano Musashimaru, que ya hace años derribaron prejuicios. Pero ahora, es muy común encontrarse con gente como los hermanos rusos Roho y Hakurozan o el georgiano Kokkai. En Fukuoka hubo luchadores de 12 países. Esto ya no es lo que era...

'Heya': una escuela difícil para un occidental

Los occidentales que se adentran en el mundo del sumo deben aceptar las condiciones de la heya, las escuelas donde se prepara a los luchadores. En ellas se ingresa a partir de los 15 años, cuando finaliza la enseñanza obligatoria, y basta con medir 1,73 m. y pesar 75 kg. Son internados donde durante los seis primeros meses se estudia historia, caligrafía, medicina y filosofía del sumo. Los extranjeros también se adentran en la cultura japonesa. Es un régimen tradicional donde los aprendices deben limpiar y preparar los alimentos para el resto. Un rikishi (luchador) se entrena en ayunas durante cuatro horas. Luego, tras la gran comida rica en proteínas (una especie de cocido) toca siesta. Engordan tanto porque el cuerpo no asume tantas calorías.

Las claves de un deporte milenario:

Más de 1.500 años de lucha.

Los primeros luchadores profesionales aparecieron en el siglo XVI. Las primeras referencias sobre sumo están en un Kojiki (libro sagrado en Japón) del año 712, pero antes ya se celebraban combates como un rito sintoista para dar gracias a Dios por las buenas cosechas.

Diez kilos de comida al día.

Los sumotoris hacen dos comidas al día (chanko). Se prepara un guiso que mezcla carne, pescado y vegetales. Se consume con arroz y cerveza. Cuando se retiran, normalmente entre los 30 y los 35 años, se les prescriben unas duras dietas para perder las grasas acumuladas.

Arrojan sal y escupen agua.

El sumo es también rito. Los luchadores antes del combate esparcen sal sobre el ring para purificar el escenario del combate. También, en su rincón, les ofrecen el chikara-mizu, el agua purificadora con la que se enjuagan.

Un moño muy pesado.

El cabello de los luchadores es mimado por peluqueros. Se recogen el pelo en un moño que se empapa con aceite de camomila. Puede pesar varios kilos y también tiene la función de amortiguar el impacto de la cabeza cuando son derribados. Cuando se retiran, se lo cortan.

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Héroes populares en Japón.

Su fama es equivalente a la de una estrella del fútbol en Europa. Cuando en 1992 viajaron a España para hacer una exhibición, volaron en aviones separados. Sus seguidores no soportarían su muerte en un accidente.

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