Nalbandián veta a Federer el récord de John McEnroe
David Nalbandián es el nuevo maestro mundial tras derrotar al suizo Roger Federer, al que impidió igualar la marca de John McEnroe (82 victorias y tres derrotas en 1984). El argentino perdió los dos primeros sets en sendos tie-breaks, pero ganó después de 4 horas y 33 minutos.


Una alucinación de más de cuatro horas y media en Shanghai coronó a David Nalbandián como maestro y mantuvo al supermaestro John McEnroe en el pedestal más alto de la ATP. Pero, como escribe Antón Chejov en El Monje Negro, "la alucinación es real, porque forma parte del ser humano, y, por tanto de la Naturaleza". Cosas que pertenecen al reinado de psiquiatras académicos como Carlos Castilla del Pino.
La alucinación de ayer, sin opio, envolvió a los excitados herederos del Imperio del Sol, en Shanghai (los chinos jaleaban como goles los puntos decisivos en la remontada de Nalbandián), al mismo maestro David Nalbandián, al derrotado número uno Roger Federer y, de paso, a John McEnroe, quien mantuvo intacta su histórica plusmarca de victorias-derrotas: 82-3, en 1984.
Si que Shanghai es excitante... Si ganaba la final, Federer cerraba 2005 exactamente con esos 82 triunfos y tres derrotas del McEnroe de 1984. Hasta ayer, la ultima derrota de Federer era la de Roland Garros ante Nadal. Pero nadie es el McEnroe de 1984.
Mucho menos, el Federer de finales de 2005. Su tobillo recién curado, sus entradas y salidas del partido y sus titubeos en esta alucinación de 273 largos minutos le costaron el récord al número uno del mundo. El Roger Federer que perfuma Wimbledon y mece a Nueva York no hubiera fallado en 14 de las 20 bolas de break que negoció en Shanghai. Por esfuerzo metronómico de currante, David Nalbandián quizá debió rematar el asunto mucho antes.
La suma de puntos delata que el nuevo maestro totalizó 207 puntos. Y Federer, 179. Y aún así, Nalbandian ganó de milagro, con lo que firma un balance inédito en este mundo: 6-4 en una decena de duelos cara a cara con Federer.
Trabajo de desgaste.
Cuando Federer sentenció el segundo set en una muerte más agotadora que súbita, nadie daba un yuan por David Nalbandián, cuyos restos milagrosos y trabajo sordo de desgaste sólo le habían valido ir dos sets abajo, tras 136 minutos de juego.
Al menos, había desgaste. Federer se relajó (Nalbandián tuvo tres puntos de set en esa tremenda muerte súbita de la segunda manga), Federer, ido, dejó escapar de mala manera los sets tercero y cuarto... y desde el final de la segunda manga, Nalbandián sumó 22 juegos sobre 25, hasta el 4-0 en el quinto set: eso, ante Federer resulta una alucinación. Era el fruto de la paciencia controlada de Nalbandián.
Y la visión onírica continuó cuando Federer, quemando naves y líneas firmó seis de los siete juegos siguientes y se coloco con 6-5, saque y 30-0. Nalbandián se había asustado bajo el espeso ojo del diablo de la presión. Sus brazos se movían como los de los cocodrilos, en fango pastoso.
Pero Federer, como ausente, no tenía la mano maestra de Wimbledon. Cuatro puntos sin tensión, con toda suerte de errores no forzados de Federer, dieron a Nalbandián el 6-6. En la muerte súbita definitiva, Nalbandián disparó con todo: ahí, Federer ya no era ni la sombra del Federer de 2005, ni hubiera sido digno de atarle las zapatillas al McEnroe de 1984. Por todo eso ganó Nalbandián.
En 2006, ambos pensadores introvertidos, Nalbandián y Federer, volverán a verse con la furia de Rafael Nadal. Y ahí no habrá alucinaciones que valgan, maestro Castilla del Pino.
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