La nueva revolución en China se llama Nadal
La pista del QiZhong contra los maestros de tierra como

Todo el mundo hablando del peligro chino, el peligro amarillo, y a China se le ha venido encima Nadal, a quien ayer perseguían por las mesas los y las periodistas de toda la China, sin que les importaran un bledo presencias tan imperiales como Roger Federer o Andre Agassi. En Shanghai, húmeda colmena terrible que enjaula a más de quince millones de personas, la nueva Revolución Popular es la figura bronceada de Nadal, que marca bíceps morenos, semidesnudo en sus ropajes chillones, desde los puentes que rodean al Bund.
Así han cambiado los tiempos. En el Bund, la playa portuaria del termitero humano, fondeaban antes los cruceros japoneses o estadounidenses. Era paso casi obligado de las escuadrillas de B-29 que bombardeaban Japón desde las bases del Pacífico. Ahora, entre los rascacielos, los ocho mejores tenistas del mundo que han podido llegar a Shanghai, se uniformaron con chaquetas de terciopelo negro como las que vestía Sun Zhong Shan, o sea Sun-Yat-Sen: el primer presidente de China tras caer el último emperador, Pu-Yi.
Moqueta gabacha.
La chaqueta, que más tarde inspiraría la moda maoísta, le pesaba a Nadal tanto como esa diabólica pista azulada, de material francés. No, no es la misma superficie en la que Eslovaquia abrió el purgatorio de la Davis para España. Aquello era Supreme y esto, Taraflex-Gerflor, una moqueta gabacha y azulada con la que se juega en Basilea, Lyon, y, a veces, en París. En ella, y con esta humedad, las bolas van a volar. Buenísima para el cañonero Ljubicic y dañina para gente con las articulaciones de cristal: Agassi, Federer. Y diabólica, una pista del demonio, para el juego de los grandes maestros de la tierra, Nadal, el primero, y todos los argentinos: Gaudio, Coria, Nalbandián. Precisamente, hoy será el metrónomo de Nalbandián el primero que ponga en hora el lujoso reloj de Federer.
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Mañana le toca a Nadal: Gaudio. En realidad, Rafa desembarcó ayer, con la chimenea a todo vapor, como los cruceros del Bund o los viejos Volkswagen que aquí callejean. "China es un país con potencial, que va a dar mucha gente y mucho ruido en todo. Pero eso no es malo para nadie", avisa Nadal, chico listo y más terrible que esta ciudad de sol húmedo y luz blanca. Hay gente en Shanghai, pero van quedando cada vez menos mendigos y acróbatas.
La figura de Mao, aunque sigue en los billetes de 100 yuanes, va desapareciendo entre las sombras, mientras se agiganta Yao Ming, la torre de Shanghai en la NBA. Y aquí, en el Año del Gallo, llega Rafa Nadal.