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La llama de Rafa Nadal rescató el Masters Series

El juego de Nadal engancha, conquista y enamora a los aficionados. Ayer se adjudicó el Masters Series de Madrid, su undécimo título de la temporada, tras superar en un memorable partido al croata Ljubicic. El manacorí rubricó un gran semana de tenis "una de las mejores de mi vida".

<b>EUFÓRICO. </b>Nadal festejó  su épico triunfo en el Masters Series de Madrid, su undécimo título en la presente temporada.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

No fue un partido, sino un episodio nacional. Bajo un diluvio de fuego bosniocroata, Nadal acudió al rescate del Masters Series de Madrid. Si fue un partido, no lo fue de este mundo. Entre el humo de los disparos de Ljubicic, al fondo de la trinchera, siempre brillaban, como un anaranjado resplandor de vida, la llama eterna y el hombro de bronce de Nadal.

Nadal fue el joven soldado Ryan bajo los cascotes de Normandía, a escape de la trinchera segundos antes de que le aplasten las orugas de un carro "Tiger". Nadal fue el niño perdido y el niño terrible. Edith Piaf le hubiera dedicado "Un hombre terrible". Y también fue Rocky Marciano, la implacable máquina de demolición de Brockton a quien nadie pudo ganar. Budd Schulberg le hubiera dedicado a Ljubicic: "Más dura será la caída".

Santana dice que Nadal ganó "porque es tan listo que supo acabar acoplándose al juego de Ljubicic". Buena lectura, pero SuperManuel sabe que SuperRafael no es de este mundo. A ver cómo se acopla una criatura a las embestidas de un mastodonte rapado de 1.93 que a las tres horas y 35 minutos de partido, en lo más hondo de la angustia, seguía lanzando descargas, léase saques, a 230 kilómetros por hora.

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De salida, y siempre entre bolas dudosas, Nadal rompió el servicio a Ljubicic. Parecía un paseo, pero fue un engaño, de paso para la angustia: pasaron 20 juegos y Ljubicic ganó dos sets hasta que Rafa pudo perforar de nuevo esa armadura casi inhumana. Con saques de regularidad espantosa entre 225 y 235 kms./hora, Ljubicic mantenía a Nadal cuerpo a tierra. No es una figura literaria, sino la descripción de la postura de Nadal al resto.

El punto de inflexión, el "turning point", llegó en los juegos tercero, cuarto y quinto del tercer set, con 1-1. Cualquiera pudo ganarlos. Pero fue Nadal, que se aferró a la vida, emergió de la trinchera, se liberó y liberó su arsenal de reflejos, "sprints" y bolas desesperadas que reconvierte en devoluciones mortales. Ljubicic empezó a dudar y paró de ejecutar. Cuando dudó, se quedó sin blindaje. Y le derritió la llama eterna de Nadal, el niño terrible, el "Hombre Terrible" de Edith Piaf.

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