En Nueva York, Clijsters gana su primer grande
Destruyó a Pierce en una hora y cinco minutos.


Minutos antes de la final femenina, el puño de acero envuelto en seda de Herr Roger Federer había expulsado a Lleyton Hewitt del Open de Estados Unidos. El llamado Rusty (por el cabo rubito de las novelas de Rin-tin-tin), o, más justamente, Demonio de Adelaida o Satán, no pudo ofrecer la cabeza del mejor jugador del mundo en el altar del potente, orgulloso embarazo de su señora, Rebeca (Bec) Cartwright.
Y menos de tres horas después de que Hewitt recogiera su billete de vuelta para Australia, su ex novia Kim Clijsters alzaba su primer Grand Slam, el primer grande de su carrera. Ventajas que tiene alejarse de un príncipe de las tinieblas...
Paliza.
En una final que, por los antecedentes directos sólo tenía un pronóstico, la inigualable flexibilidad de Clijsters (su madre, Elle fue gimnasta de élite; su padre, futbolista) fue un muro elástico donde se empotró y desapareció la doliente moral de la reinona francesa Mary Pierce, que este año ha dado muestras de resurrección con una musculatura que da miedo. Los vendajes de Pierce, su exhibición de gestitos y muecas, avanzaban una sola duda: ¿demolición o autodemolición?
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Desde el primer punto, sólo hubo una campeona ante 23.000 espectadores en la Arthur Ashe. En hora y cinco minutos (6-3, 6-1), Clijsters dejó a Pierce con tantas o más vendas como si los diques de Nueva Orleans hubiesen caído sobre Reinona Mary.
Superado los efectos del tifón Hewitt y de una tenaz lesión en la muñeca, Clijsters es una máquina física y psicológica de hacer tenis: "Lo que no nos mata, nos hace más fuertes". Clijsters tiene ya un novio nuevo: Brian Lynch, un jugador de baloncesto blanco, de 1.98, al que conoció en su pueblo de Bélgica, Bree. Lynch, de New Jersey, jugaba allí. Empezó a pasear el perro junto a Elle, la madre de Kim. El resto ya es sabido: Kim, al cielo, vía New Jersey. Lleyton y Bec, al avión rumbo a Australia.