Wariner, tras los pasos de Johnson
Venció con el mejor registro de lo que va de siglo


Cuando la gente normal intente llegar a comprender qué se debe hacer para correr como lo hace Jeremy Wariner, la imagen que se debe implantar en el cerebro es la de una pista universitaria, invadida por un calor húmedo, pegajoso: la Universidad de Baylor, Waco, Dallas, Texas, EE UU. En un tiempo se llamó La Costa de los Mosquitos. Ahora se llama Hart-Patterson Complex. Es por el viejo Clyde Hart...
En esa caverna asfixiante el viejo Clyde Hart ha sometido a sus cuatrocentistas, durante sus 42 años de técnico, a brutales series de afinamiento y resistencia muscular. En un tiempo le tocó a Michael Johnson. Ahora, a Jeremy Wariner y a Darold Williamson. Hart sabe que los cuatrocentistas tienen éxito de acuerdo a lo bien que sepan practicar esa brutal delicadeza: conservar su punta de velocidad hasta el final de la recta.
"No sabía que un relámpago me pudiera golpear dos veces. No creí que pudiera tener a otro corredor como Michael Johnson, y de repente me vi con Jeremy Wariner", se admira Hart. Sus entrenamientos no tienen secretos. Por ejemplo, Johnson llegaba a hacer hasta 10 series de 150 a tope. Todo tiene un fin: aguantar el tipo en la última recta.
A la final del Mundial se llegaba sin que ningún cuatrocentista hubiera bajado de 44.00 desde que Michael Johnson lo hizo en 2000, cuando se colgó su última medalla de oro, la de la final olímpica de Sydney. "Jeremy tiene la capacidad para batir mi récord de Sevilla (43.18), pero debe insistir tan duro como yo lo hice detrás de la plusmarca de Harry Butch Reynolds. Y es un error intentar obsesionarle", decía Johnson ayer en AS.
No cabe el error con alguien como Wariner: Johnson es su agente y Hart, su entrenador. Y Wariner dice: "Al sonar el tiro, lo único que hago es fijarme en el que llevo delante, que suele ser bueno, calibrar el ritmo y esperar el mejor momento para adelantarle. Al tiro se reacciona por simples reflejos, sin pensar".
A correr.
Al sonar el tiro, Wariner, en la calle tres, tenía la referencia del canadiense Christopher Tyler, calle cuatro, el mejor tiempo en semifinales. En la curva, Wariner se puso a trabajar. Había pasado el 200 en 21.5. "Me veía cómodo con el ritmo de Tyler y quise superarle antes de los 250 metros. Los brazos y la técnica iban bien, así que..." Así que Wariner se plantó en 31.8 en el 300, en la entrada de la recta. Tyler ya iba tres metros detrás, descolocada la brújula del ritmo. Wariner fluía. Y fluía. Suelto, fresco: "En la recta lo dejas todo, pero sin pelear, sin descomponer tu cuerpo. Se aguanta la fatiga, sea como sea. Hay que llegar así hasta el final".
Y Wariner entró en 43.93: siete centésimas por debajo de sus 44.00 de Atenas. Segundo fue otro blanco estadounidense, Andrew Rock, de Wisconsin, en 44.35. Tyler batió el récord de Canadá: 44.44. Darold Williamson se quedó séptimo, en 45.17. En cierta manera, Wariner había alcanzado a la sombra de su agente: Michael Johnson. Para atraparla, aún debe encontrar dentro de su cuerpo las 75 centésimas de segundo que le separan del récord de Johnson: casi siete metros. "No quiero hablar de marcas, sólo sé que seguiré intentándolo", dijo al final. Clyde Hart va a seguir teniendo mucho trabajo en Waco: ahora toca la versión blanca de Michael Johnson. Más difícil todavía en la Costa de los Mosquitos.
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Sabía que esta carrera tenía una clave, y era llegar el primero al 300. Es lo que he hecho, aunque he tenido que trabajar duro en la curva para alcanzar a Tyler. Sabía que tenía reserva de energías al ritmo que iba la carrera. A la salida de la curva me he dicho, aguanta fuerte y sin perder la técnica, dos medallas de oro en menos de un año es algo maravilloso. He corrido la carrera que diseñé. Tyler ha perdido la plata intentando cazarme, y eso ha sido bueno para nosotros, EE UU".