De plata y bronce
Paquillo y Molina abrieron la marcha de las medallas en 20 km


Biografía de unas medallas y una batalla en una marcha de 20 kilómetros bajo la humedad del Golfo de Finlandia. Intervienen: Paquillo Fernández, hijo predilecto de las estepas de Guadix. Jefferson Leonardo Pérez, un superclase criado entre 3.000 y 4.000 metros de altura en Cuenca, Ecuador. Juan Manuel Molina, un tío con todo el valor que hay en el cantón de Cieza. Y de estrella invitada, Robert Korzeniowski, el gran campeón polaco de Cracovia que entrena a Paquillo y que, sin quererlo, ha abierto la caja de los truenos.
La batalla por las medallas explotó a eso de los 11 kilómetros. El grupo de cabeza había marchado más o menos compacto entre los tirones de Paquillo y las primeras gotitas de humedad que venían de Toolonlahti, el brazo del Mar Báltico. Paquillo, con vidrios y azufre en el estómago, no aguantó más y fracturó el orden: un acelerón con todo el oxígeno almacenado entre Cracovia, Guadix y Tijuana heló el corazón de los más valerosos. No de Jefferson, el plusmarquista esculpido en el chochódromo de Luis Chocho: con tobillos de caucho, chicles que se extendían, entre corriendo y marchando, por el asfalto de la Avenida del Mariscal Mannerheim. Jefferson ha sido capaz de marchar por todo Ecuador en cumplimiento de una promesa al Cristo de Quito. La pobreza le ha dado una fuerza como la de los vietnamitas en Dien-Bien-Phu.
Pies de chicle.
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Y no pudo Paquillo, que intentó avivar el ritmo. Pero Jefferson no se derretía. Sus pies de chicle se estiraban: extrañas zancadas interminables. Por detrás, hacia el kilómetro 15, la descalificación de Brugnetti dejaba a Molina y a otro ecuatoriano, Rolando Saquipay, en la lucha por el bronce. Ahí atacó Jefferson: justo cuando Korzeniowski, con el chandal de España en el avituallamiento, esperaba el tirón de Paquillo. En el kilómetro 17, la oscura lámina de agua de la Toolonlahti reflejó la descalificación de Saquipay: Molina, tácticamente imperturbable, empezaba a tocar el bronce, justo cuando Jefferson ya dejaba a Paquillo, a quien el estómago se le estaba volviendo un revuelto con sales de azufre. "La humedad no me dejó digerir bien las sales", confirmó.
A un kilómetro de la meta del Estadio Olímpico, Jefferson arrojó la gorrita y empezó a saborear el oro. Por detrás, Paquillo y Molina, preocupados por echar el seguro a sus medallas. Molina, mejor. Paquillo entró descompuesto, vomitando. "Así hay que entrar, después de darlo todo, como ha hecho Paquillo. España tiene que estar orgullosa de lo que me ha hecho pelear", sentenció Jefferson. Pues cuando acabó de vomitar las sales que le dio Korzeniowski, Paquillo disparó a quemarropa contra el presidente Odriozola, que le entregaría la plata de Helsinki, y a Molina, el bronce. Biografía de una batalla en el Golfo de Finlandia. Usted no se lo creerá, Jefferson, pero España y los suyos son así.