Héroe sin premio
Óscar Pereiro acarició una gran victoria en la etapa reina, pero le faltó picardía para descolgar al estadounidense George Hincapié. Ivan Basso atacó al líder, pero Armstrong resistió y reafirmó su dominio en la carrera. Sólo le queda una semana para lograr el Séptimo. Hoy, jornada de descanso.

Cualquiera de los ciclistas que aún sobreviven en el Tour merecería ganar una etapa o, al menos, que le dejaran subir al podio un día para dar un beso a la rubia, o a la morena, según. Partamos desde ahí: todos son héroes. Sin embargo, en ciertas ocasiones, los méritos de algunos se hacen irresistibles; sucede cuando un corredor lleva escapado en solitario 200 km o cuando desafía constantemente la calma del pelotón o, si me apuran, cuando gana seis Tour (y tres cuartos). Y sucedió también ayer, cuando tras cuatro horas se pudo comprobar que entre los fugados había un ciclista especialmente interesado en que la aventura prosperara. Me refiero, naturalmente, a Óscar Pereiro.
Pero hay situaciones (muchas) en las que la generosidad plena y absoluta corre el riesgo de arruinarnos. Por eso no ganó la etapa Pereiro. Recalcar que completó una espléndida actuación hasta el último momento, tristemente el momento el de la verdad, el instante en el que un competidor debe guiarse por un único instinto: el de supervivencia.
Después de haber tirado toda la etapa con entrega ejemplar, Pereiro atacó en la última subida a Saint Lary. Le siguieron Boogerd e Hincapié, un buen escalador y el fiel escudero de Armstrong (su vecino en Gerona). En su siguiente demarraje, sólo Hincapié aguantó su rueda. Entonces, Pereiro habló con el que ya no era su compañero de fuga, sino su enemigo para la victoria. Se le debió escapar ese matiz. No había pacto posible, ni colaboración lógica, uno era mejor escalador, el nuestro, y el otro, un especialista en clásicas, era más rápido en la llegada. Solución: leña al mono hasta que hable gallego.
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Sin embargo, Pereiro, en lugar de lanzar ataques secos que asfixiaran a su adversario, continúo tirando de él a ritmo constante, sin exigirle relevos. El resultado, lógicamente, es que ganó Hincapié, un fantástico ciclista, por otro lado. El neoyorquino, que corre su décimo Tour y siempre soñó con ganar la París-Roubaix, cruzó la meta con las manos en la cabeza, felizmente asombrado. Pereiro llegó lamentando lo injusta que es la vida. Tiene clase y aprenderá.
Por lo que se refiere a los favoritos, poco varió el panorama, si no es porque confirmó que quien desee ganar el próximo Tour (Valverde, quedamos) se lo debe disputar a Basso. El italiano atacó cómo y dónde dictan los manuales, pero se tropezó con un coloso. Ullrich volvió a descolgarse y ya no le queda más salida digna en la vida que quitarle la novia a Armstrong.