Alpinismo | Ester Sabadell

"Me siento mucho más insegura en Barcelona que en el Nanga Parbat"

Hace dos años, Ester Sabadell (Barcelona, 1976) sufrió un tremendo accidente en un descenso de cañones en Guadalupe (Caribe). Tras una recuperación casi pieza a pieza, pues se rompió la cadera, un brazo, un hombro, un dedo y varias costillas en una caída desde 15 metros, ha vuelto: forma parte de la expedición de 'Al Filo de lo Imposible' al Nanga Parbat que dirige Sebastián Álvaro. La cima les espera en agosto.

<b>COMPARACIÓN</B>. “Lo nuestro es afición; lo de la mayoría de futbolistas, dinero”
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¿Cómo una de las mujeres más impresionantes de España, usted o sea, es del Barça?

Más difícil de entender es que uno sea del Espanyol...

¡Bravo, brava!

¡Ja, ja! No, en serio ya: soy del Barça por mi abuelo y porque me gusta ganar de vez en cuando y no como a otros, Sebastián Álvaro por ejemplo, que quieren ganar siempre y son del Madrid. Pero también pierden, ¿eh?

Así que fue su abuelo.

Fue mi referencia en muchas cosas, la montaña entre ellas. La descubrí con 16 años porque él había iniciado ya a mi hermano Marc. Recuerdo aquellas primeras salidas con la radio en la mochila para no perderme un minuto de los partidos del Barça. Yo estuve en Wembley, cuando la primera y la última Copa de Europa, que dicen Álvaro y otros personajes que me rodean. Pero yo aguanto: ya vendrán más.

Su ídolo, con ese carácter de usted, sería Stoitchkov.

¡Sí! Era excitante verle jugar. Pero las niñas de entonces estábamos enamoradas de Guardiola. Pasó el tiempo y se me fue apagando aquella fiebre azulgrana a medida que me metía en la montaña. Con 18 años ya me enfrenté a mi primera dificultad, un 4.000 en los Alpes.

Ande, convénzame de que pasarlas canutas montaña arriba es un placer.

Es difícil entenderlo, es algo irracional que sale de dentro de uno. ¡Es como ser del Barça!

Ya.

En mi caso fue la manera de reencontrarme, pues andaba medio perdida desde los doce o trece años, cuando abandoné la gimnasia deportiva, mi primer gran reto personal. De pronto me vi en la montaña y todo empezó a encajar a mi alrededor. No me creerá, pero en la ciudad tengo más dudas, me siento más insegura en Barcelona que al pie del Nanga Parbat: aquí me siento capaz de cualquier cosa.

¿Además de la montaña, tiene alguna otra prioridad?

La montaña.

Incluso tras el accidente.

Incluso. Estoy en Pakistán, he vuelto al equipo el partido ya ha empezado. Y lo ganaré, seguro.

¿No tiene miedo?

Sí, muchos miedos tengo. ¡Ojalá fuera sólo uno! Pero superarlos es crecer. En una situación normal y corriente, no sabemos de verdad lo que valemos: aquí me descubro a mí misma.

Su primer ídolo sería un montañero, claro.

Pues no: fue Nadia Comaneci, la gimnasta rumana, la primera que sacó un 10 en un ejercicio olímpico. Recibió siete dieces de los jueces en los Juegos de Montreal y ganó tres medallas de oro, una plata y un bronce. Y cuatro años después, en Moscú-80, todavía ganó dos oros y dos platas. La vi y entendí lo que era la perfección. ¡Es lo que yo persigo! En esta pelea sólo está asegurado el sufrimiento.

¿El deporte es sufrimiento?

Llámele superación si prefiere. Dar lo máximo de ti exige sufrimiento. Muchas veces hablamos entre nosotros sobre nuestro entrenamiento y el de los futbolistas más famosos. La conclusión es que lo nuestro es afición pura y dura y lo de ellos, dinero. La mayoría, vamos.

¿Cuánto va a ganar usted este año?

El alpinista trabaja para ahorrar e invertir ese dinero en sus expediciones. Yo tengo la enorme suerte de pertenecer al equipo de Al Filo de lo Imposible, que me permite forma parte de estas grandes aventuras. Pero dinero, lo que se entiende por dinero en el deporte, poca cosa.

¿Qué estudió?

Dirección y Administración de Empresas en Barcelona.

No será fácil ser su novio...

Desde los 16 a los 27 años tuve tres novios y sí, es muy difícil mantener una relación con la vida que llevo: no se ha inventado eso de estar dos meses fuera, volver e irte otros dos meses más. Pero tengo obsesión maternal, ¡ja, ja! Soy mujer y quiero tener hijos, pero sólo lo podré conseguir cambiando de vida.

¿En qué se la cambió aquel accidente?

Ahora celebro dos cumpleaños, el de mi nacimiento, el 27 de febrero de 1976, y el de mi vida regalada que estoy protagonizando, el 26 de mayo de 2003. Y espero celebrar como se merece la subida al Nanga Parbat. Entonces quedarán atrás dos años de sufrimiento: uno de rehabilitación y otro para volver a encontrarme con la montaña.

Por aquello de los miedos.

Fue una caída desde 15 metros, allá en Guadalupe. Caí junto a Xavi Iturriaga; él murió, yo tuve la suerte de sobrevivir. Quince metros de caída supone hacerlo desde un quinto piso y, encima, sobre piedras.

Un milagro.

No soy creyente y ese día lo comprobé: no se me pasó Dios por la cabeza en ningún momento. Resolví una de mis dudas, pues me preguntaba cómo reaccionaría en un momento así.

¿No rezó ni un momento?

No, dediqué mis esfuerzos a resistir junto a mis cinco compañeros, que bajaron para estar a mi lado. Si llego a estar sola habría abandonado.

¿Qué recuerda ahora?

Muchas cosas. Las canciones de Sabina que me cantaba Álvaro, cómo me cabreaba diciéndome que me salvaría y me llevaría al Bernabéu a celebrarlo... ¡Y lo hizo! Intentas pensar en esas cosas y no acordarte de que tienes rota la cadera en un montón de pedazos, un brazo, un hombro, un dedo, varias costillas...

Todo eso en un barranco, lejos del mundo. ¿Se siente dolor o ni siquiera?

Sí, se siente dolor, pero ya no lo recuerdo. Retengo sensaciones, como la del helicóptero de salvamento que debía rescatarme. Era consciente de que el lugar en el que estaba era muy cerrado y que el aparato quizá no podría llegar hasta mí. Si pasaba eso no habría más remedio que evacuarme por tierra, y eso me aterrorizaba: si el helicóptero no llegaba, no salía viva por tierra.

Y el helicóptero llegó y bajó.

Y desde entonces vivo decididamente al día, mis objetivos son sólo a corto plazo. Primero fue recuperarme, claro.

En Zaragoza.

Sí, con el doctor Rota, al que mando un abrazo y a todas las personas que me ayudaron. Fueron dos meses sin moverme y luego empezar a andar. ¡Las lágrimas que derramé el día que di mi primer paso...!

Retirada Arantxa, ¿se considera usted la mujer con más huevos de España?

¡Nooo! Huevos, los de la gente que me ayudó a salir adelante; yo me limité a colaborar por la cuenta que me traía. La prueba de huevos para mí hubiera sido enfrentarme a la realidad de no poder volver a la montaña.

Y ahora, el Nanga Parbat, un ochomil. ¿El fin del ciclo?

Podría decirse así: espero hacer cumbre, pasármelo bien y aprender. Y si no llegara arriba procuraré sacar la mejor experiencia de esta expedición.

Usted no es la única mujer en la aventura, está también Edurne Pasaban.

La mejor alpinista española. Y el mejor, José Carlos Tamayo.

Esperan regresar triunfadores a primeros de agosto, claro.

Sí, pero yo continuaré en Pakistán, pues me comprometí a colaborar en un proyecto humanitario. Volveré en septiembre.

Sus padres bien, gracias.

¡Ja, ja! Muy bien. ¡Tengo tanto que agradecerles...!

Sobre todo su paciencia.

Es que saben que si me prohibieran esta vida me escaparía. Y no sería plan.

¿Cuánto pesa usted?

50 kilos, mi madre se encargó de que ganara dos antes de emprender este viaje.

Fumar, beber, ni en broma.

¡Eh, eh, que no soy Sor Ester! Fumo y bebo poco, pero alguna cosa cuando estoy libre y salgo con los amigos. Como todo el mundo, vamos.

Y en una expedición así, qué se lee ¿más montaña?

No, precisamente buscas libros que no tengan que ver con todo esto para relajarte en el campo base, que es un lugar magnífico para contar todo tiempo de historias que acaban llevándonos a las nuestras, claro.

¿Qué historia es la que más le apasiona a usted?

La de Hermann Buhl, el austriaco que fue el primero en ascender al Nanga Parbat. Subió solo desde la cota 6.900 y llegó. También Mummery, que murió aquí, sobre los 8.000 metros. Demostraron que era humanamente posible llegar a la cima, nadie lo había comprobado antes. Ahora seguimos su estela.

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Suerte, admirable Ester.

No, de admirable nada. Eso sí: muchas gracias.

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